lunes, 16 de agosto de 2010
...YA SABÉIS LO QUE PASÓ
lunes, 2 de agosto de 2010
POBRE DIABLO
Cuando yo llegué, la policía ya había precintado su apartamento, así que no pude ver nada. Los vecinos se arremolinaban en el descansillo. Algunos se tapaban las caras con pañuelos para no respirar aquel olor ácido y nauseabundo, que se hacía cien veces más insoportable cuando sabías que emanaba de un muerto. No es que me hubiera quedado con las ganas de presenciar aquel espectáculo macabro, pero ahora realmente me planteo si hubiera sido mejor verlo que imaginarlo. Ahora que me derretía vivo en mi habitación, a más de cuarenta grados, en uno de los veranos más calurosos que recuerdo, y ante la imposibilidad de dormir, no podía evitar imaginar el estado de aquel cadáver macerado, después de varios meses de cocción a fuego lento, hinchado y podrido, licuado por dentro, mancillado por los insectos.
Una vez escuché la historia de una vieja que vivía sola con un montón de gatos. La vieja había muerto y los gatos se la habían comido entera. Al cabo del tiempo sólo habían encontrado su esqueleto pelado. Pero éste fiambre no tenía siquiera un perro que le ladrase, ni una mala mascota que pudiera devorarle. El pobre diablo se había muerto en Navidades, antes de fin de año: eso quiere decir que mientras todos celebrábamos las fiestas, él estaba muriéndose sólo en su casa, y mientras brindábamos con champán y soplábamos nuestros matasuegras, él ya era un fiambre al que todo le importaba todavía menos que cuando vivía.
A los pocos días de instalarme en aquel edificio ya me advirtieron sobre la presencia de aquel vecino en el entresuelo primera. Me dijeron que era un señor muy mayor al que no le gustaba demasiado la gente, me dieron a entender que había perdido el juicio y más de una vez escuché quejas sobre el olor y discusiones por la basura que acumulaba en su casa. El tipo dejó de pagar la contribución a la comunidad en Noviembre, un mes antes de morir. El presidente llamó a su puerta y el se asomó con la cadena echada. Le dijo que se marchara de allí sino quería que llamase a la policía. Le dijo que no iba a pagarles nada a aquella pandilla de hijos de puta, y que ya bastante le costaba reunir dinero para comer como para gastárselo en gilipolleces, pero añadió que no se preocupara, que no pensaba volver a usar nada de la comunidad: no iba a ensuciar su portal de mierda, ni iba a abrir su buzón de mierda, ni mucho menos iba a coger su mierda de ascensor. Todo aquello le traía sin cuidado, porque no pensaba volver a salir de casa: se quedaría allí atrincherado y que le jodieran al mundo. Ya no tendría que volver a ver sus feas caras de imbéciles, reprochándole y juzgándole, y denunciándole a los servicios sociales o amenazándole con llamar a sanidad. Él llevaba viviendo en aquel edificio mucho más tiempo que todos ellos juntos y no tenían derecho a darle lecciones de nada. Lo único que querían era joderle vivo, echarle de casa y dejarle morir en la calle, para poder venderle su apartamento a alguna pareja joven y mansa, a un par de dóciles corderos que combinaran bien con el resto de la decoración. Claro, ahora les molestaba un viejo maloliente y pobre. Ahora les estorbaba su presencia. Les parecía feo.
En realidad yo nunca me lo crucé, así que ni siquiera sé qué aspecto tenía. Tampoco sé si realmente se le había ido la olla por completo y había decidido sepultarse en basura, o si tenía parte de razón y llevaba una forma de vida pacífica y controlada que los demás sencillamente no querían tolerar. No sé si era un pobre hombre al que ya no le quedaba familia ni amigos con vida o si era un auténtico hijoputa que había despreciado a todo el mundo durante tantos años que se había ganado a pulso que le dejaran solo.
No sé si tenía dos hijos que ya eran adultos y que se habían olvidado de lo bien que se había portado papá con ellos cuando eran pequeños y le habían dejado allí como a un mueble para poder vivir alegres con las zorras de sus mujeres, mientras esperaban a que él la palmara para poder cobrar su herencia, y que ni siquiera habían tenido la decencia de invitarle a sus putas casas para presentarle a sus condenados nietos; o si sus dos hijos habían jurado no volver a mirar a la cara al cabrón de su padre, que no había hecho más que joderles la vida desde que nacieron, o incluso si alguna vez pronunciaron la frase “Por lo que a mi respecta no tengo padre, y me trae sin cuidado lo que le ocurra a ese viejo borracho, como a él le trajo sin cuidado lo que nos pasara a nosotros cuando abandonó a mamá”.
No lo sé ni me hubiera importado nunca, de no haber sabido ahora que llevaba varios meses pudriéndose debajo de mí, mientras yo hacía mi vida y subía y bajaba por delante de su puerta. No sé qué tiene que hacer un hombre para acabar tan sólo como para no importarle a nadie ni siquiera después de muerto. No sé si hay que esforzarse y ganárselo a pulso, después de toda una vida de odio y desprecios, o si se debe más bien a una suerte desgraciada que quiso rodearle de desagradecidos que prefirieron olvidarse de él.
Pienso en esto mirando al techo de mi dormitorio porque el calor me impide dormir, y me pregunto si es posible que mi vida me reserve esa misma suerte, si terminaré sólo, sin familia y sin amigos, hasta ese día de Navidad en el que me cueste levantarme para recoger la leche que hierve en el fogón y se derrama sobre el suelo de la cocina, y sienta al levantarme un pinchazo agudo que me obligue a sentarme otra vez y repetirme a mi mismo que sólo es algo pasajero, que intente recuperarme y llegar hasta el teléfono para pedir ayuda, sin darme cuenta siquiera de que no tengo a nadie a quien llamar. Y lo pienso y lo pienso y me imagino caer lentamente desde el sofá al suelo de moqueta, con el tiempo suficiente para decidir en qué postura quiero morir, mientras fuera escucho el alboroto de las fiestas.
Pienso en si algún día algún vecino se preguntará de dónde diablos salen tantas cucarachas, ignorando que yo me pudro debajo de él, a cuarenta grados de temperatura, en uno de los veranos más calurosos que recuerda.
EL FINAL DE LA PELÍCULA
¿Te acuerdas del final de todas aquellas películas que veíamos cuando éramos pequeños? Siempre ocurría lo mismo. Pasa en La Historia Interminable, y pasa también en El Vuelo del Navegante. En realidad también pasa en Alicia en el País de las Maravillas. El protagonista visita un mundo mágico en el que vive mil aventuras y después regresa a la realidad de siempre, solo que ahora su hogar ya no le parece un sitio aburrido y detestable, sino el mejor lugar del mundo. Es el viaje del héroe.
Suele ocurrir que el protagonista empieza el viaje en un momento clave, cuando se siente más infeliz, cuando más harto está de su vida, en medio de una discusión o durante un castigo o en una clase de matemáticas. Su vida es un coñazo y desea morir sólo para no tener que padecer esa mierda, pero en el momento más inesperado viaja sin querer a un universo desconocido, opuesto al suyo, con reglas nuevas: es el lugar que siempre ha deseado habitar, pero allí tendrá que enfrentarse a mil peligros. En el camino hará amigos, que le ayudarán y le acompañarán, y a menudo tendrá que detenerse para ayudarles, pero su objetivo personal, invariablemente, siempre es el mismo: regresar a su hogar.
Maldito el día que deseó marcharse de allí. Maldito él mismo por no haber sabido darse cuenta de lo maravilloso que era todo. Ojalá pudiera ahora volver y abrazar a la gente que más quiere.
Cuando el viaje termina, el héroe vuelve a la realidad, a la suya, restaurada en el mismo momento en que la abandonó, como si nada hubiera ocurrido. Las personas de su entorno continúan como siempre, con sus virtudes y sus defectos, pero él ha cambiado su manera de mirarlos. Despierta de nuevo, en medio de la discusión, pero en lugar de gritar o dar un portazo, sonríe y mira a los ojos a su madre y le dice “te quiero”. Los demás, que son ajenos a su viaje, se sorprenden de su reacción, y aunque todo vuelve a su cauce y las cosas son igual que al comienzo de la historia, el protagonista ya es feliz.
Así quisiera yo terminar la película, maldita sea. Me despertaría de nuevo en medio de aquella discusión, te miraría a los ojos y te diría que te quiero, y tú me mandarías a la mierda y me dirías que soy un hijo de puta y que hay que echarle mucha jeta para venirme con esa mierda a estas alturas. Me mirarías con rabia, sin saber nada de mi viaje ni nada de lo que me ha pasado. Estarías enfadada, y con razón, pero yo seguiría sonriendo, sin decir nada, y en lugar de marcharme y desaparecer para siempre, te abrazaría, y todo volvería a ser perfecto mientras los títulos de crédito se deslizan sobre la pantalla.
jueves, 15 de julio de 2010
EL INSTANTE SIGUIENTE
Resulta curioso pensar porqué el ser humano hace música. Porqué aquel mono en aquella cueva cogió un día aquel hueso y lo golpeó contra una piedra, bum, bum, bum, bum, y creó el primer ritmo y el primer compás. Resulta curioso pensar porqué aquello le sedujo, aquel fenómeno primitivo y visceral, hasta el punto de repetirlo hasta hoy.
La música sólo es tiempo. Sólo eso. Bum, bum, bum, bum. Avanza imparable, un instante tras otro, sin que nada pueda detenerlo. Bum, bum, bum, bum. Igual que la aguja de un reloj, igual que el latido de un corazón, está hecha de la misma materia que la vida.
Cada sonido nace y muere en nuestros oídos y da paso al sonido siguiente, y a medida que nace y muere, nacemos y morimos nosotros. Bum, bum, bum, bum. Y cada sonido nuevo nos seduce otra vez, y así, mientras esperamos el siguiente instante, volvemos a sentirnos como el mono que golpea un hueso contra una piedra y se asombra de seguir estando vivo.
martes, 6 de julio de 2010
LA ENFERMEDAD
viernes, 4 de junio de 2010
LAS ALUCINANTES AVENTURAS DE BILL Y TED
Yo tendría unos ocho años. Fue antes de que construyeran el parque que hay al lado de mi casa. Antes allí había un descampado, un terraplén baldío que había sido conquistado por la maleza, o quizá, más correctamente, que aún no había sido arrebatado por la ciudad. Por alguna razón ese espacio se había quedado muerto, en el medio de dos grandes bloques de edificios. Había bastante pendiente, entre mi calle y la de abajo, y el lugar estaba cerrado con un perímetro de vallas de aluminio para evitar que la gente entrase allí y se despeñase entre las rocas, sin embargo muchas de las vallas habían sido reventadas y los chavales del barrio a menudo se colaban por los agujeros.
Si las circunstancias hubieran sido otras jamás habría entrado allí y jamás me habría ocurrido nada de lo que me ocurrió, pero la casualidad quiso que mi videoclub estuviera justo en la calle de abajo, a la misma altura que mi casa, pero en la calle de abajo, de modo que cruzar por allí era un atajo considerable, comparado con dar toda la vuelta hasta el final de la calle.
Entraba por una esquina donde la chapa de aluminio estaba cedida. Daba a una vía abierta entre la maleza, por la que el tránsito de los peatones había marcado un camino difuso. Recuerdo especialmente una rampa de piedra que tenía una pendiente de varios metros y había que bajarla por las malas, a fondo perdido, sin nada a que agarrarse. El polvo y la arena la hacían peligrosamente resbaladiza y cuando llovía era aún peor. He llegado a ver verdaderas cascadas de agua bajando por aquel tramo. A la vuelta resultaba prácticamente imposible de trepar, y menos aún con una cinta de VHS en la mano.
En primavera, cuando los días son más claros, era un placer cruzar por allí a media tarde, aunque nunca dejaba de ser un lugar inquietante, sembrado de jeringuillas, condones usados, compresas y jirones de ropa, en el que el peligro parecía acechar agazapado en cada esquina. Desde que cruzabas la valla, y conforme te ibas adentrando en la maleza, ibas dejando atrás el sonido del tráfico hasta que apenas se escuchaba nada, y el solar se convertía entonces en un lugar silencioso e inmóvil. A veces, entre los árboles, encontrabas los restos de algún campamento de vagabundos: latas de conservas, mantas sucias y a menudo sus heces decoradas con pañuelos de papel arrugados. Luego, más adelante, entrabas en una zona oscura, en la que las copas de los árboles se cerraban y apenas dejaban pasar la luz entre las hojas. Cuando te cruzabas por allí con alguien que subía, bajabas la mirada a su paso, sin saludar siquiera, con una complicidad clandestina que obligaba al silencio. Era al final de aquel pasillo cuando llegabas a la rampa, y a partir de entonces, cada paso en falso hacia la derecha o hacia la izquierda podía terminar con tu cuerpo entre las zarzas, hasta llegar al final, donde el camino se pegaba al edificio colindante y hacía una curva más ancha, donde se acumulaba la basura que los vecinos tiraban desde los balcones.
A pesar de todo este panorama tan hostil, uno cruzaba por allí despreocupado y decidido, hasta que alguna señal desplegaba una alerta. Algún movimiento entre los matorrales, quizá una rata, quizá un yonki preparándose un chute, y de pronto entendías que eras un chaval desvalido y que estabas en el punto más vulnerable de la ciudad, a expensas de atracadores y asesinos. Apretabas el culo y apurabas el paso, pero pensabas también que si resbalabas por la rampa, caerías sin remedio en las zarzas y te golpearías contra las rocas, y nadie escucharía tus gritos de auxilio, y sería prácticamente imposible que te rescataran y morirías sin remedio con una película alquilada todavía sin ver.
Aquel día, sin embargo, no era una tarde idílica de primavera, sino más bien una mañana oscura de invierno. El cielo estaba completamente encapotado y la luz lo teñía todo de color gris. La tierra se había convertido en barro y el camino en un verdadero arroyo. Hice todo el camino hasta la rampa y me agaché para bajarla agarrado a las rocas. Descendí con cuidado, llenándome las manos de tierra mojada y empapándome los bajos de los pantalones. Seguí hasta la curva llena de basura y al pasar por allí, justo un metro delante de mí, cayó desde los balcones un bulto enorme que casi me aplasta. Era un niño. Un niño de mi edad. Se quedó tumbado boca abajo, inmóvil ante mí, con la cabeza hundida en el suelo. Miré hacia arriba y todo estaba igualmente inmóvil. No había nadie asomado a los balcones. Volví a mirar el cuerpo del chico. El barro a su alrededor empezó a oscurecerse y en los charcos de agua se mezclaron con la sangre. No se escuchaba absolutamente nada. No había sirenas de ambulancias, ni de policía. No había nadie alrededor. Sólo el silencio y la más absoluta normalidad. Me quedé allí de pié como un idiota durante por lo menos un minuto. No sabía qué diablos hacer. Después volví a mirar alrededor. No había nadie a quien recurrir. Yo era solo un niño y era la primera vez que veía un cadáver, y sin embargo, no estaba asustado, sino más bien preocupado por lo que debía hacer. ¿Tenía que gritar? ¿Ir corriendo a la calle y llamar a un policía? ¿Tendría que acompañarle hasta aquí y explicarle cómo pasó todo? ¿Tendría que responder a un millón de preguntas? Me agobié hasta el extremo que decidí continuar mi camino como si nada.
Entré en el videoclub y dije buenos días. Estuve un cuarto de hora paseando entre las estanterías. Alquilé una película y volví a salir. Esta vez, para volver a casa, dí todo el rodeo hasta el final de la calle. Entré en casa y me puse a ver la película. Era Las alucinantes aventuras de Bill y Ted.