martes, 5 de octubre de 2010

EL CUMPLEAÑOS

La chica había mencionado al entrar algo acerca de un cumpleaños al día siguiente. “Genial -pensé yo, tratando de no hacer ruido en el pasillo a oscuras- mañana lo celebraremos” y creo que justo después tiré alguna cosa de alguna estantería, de camino a su cuarto. Haciendo repaso, si que me parece recordar que escuché algún ruido sospechoso por la mañana, quizá la sensación de que alguien se levantara de la cama y la luz del sol colándose entre las rendijas de la persiana. Quizá recuerdo haberme dado cuenta de que ya no estaba abrazado a nadie, y quizá algún murmullo sordo en el salón, pero lo que definitivamente me hizo recobrar la consciencia fue la voz estridente de una niña pequeña, que gritaba justo a mi lado “Mamá, aquí hay un señor en el suelo!”.

La chica ya no estaba en la habitación, yo me había caído de la cama y efectivamente estaba en el suelo, envuelto en el edredón, y de pronto entendí la razón de aquel intenso murmullo que había estado sonando todo el rato en mi cabeza: al otro lado de la puerta se escuchaban las voces de cientos, quizás miles de niños pequeños. Niños de afilados incisivos, soplando sus matasuegras y cantando cumpleaños feliz.

Yo no llevaba puestos los pantalones, así que decidí no reaccionar a la voz de la niña. Permanecí agazapado debajo del edredón, temiendo por mi vida unos segundos que parecieron horas. Al otro lado de la espesa capa de plumas del edredón podía sentir la mirada láser de la niña, perforando cada átomo, examinándome en busca de algún movimiento que me delatara. Unos tacones de mujer entraron en la habitación y respondieron a la niña con una voz desconocida, “ese es Moncho. Déjale dormir”, y mientras tanto la arrastraba del brazo hacia el salón, y lo más sorprendente para mi no fue que la madre supiera mi nombre, sino que diese por supuesto que aquel único dato bastaba para explicarle a una niña de seis años porqué había un hombre aparentemente muerto en el suelo de la habitación, al mediodía, durante su fiesta de cumpleaños.

lunes, 4 de octubre de 2010

NUESTRAS PROMESAS SON REALIDADES

Pasaba por allí cada día para coger el autobús del colegio, así que mi infancia fue una obra permanente. En tercero me enganché la cazadora nueva en una de las vallas de aluminio y rasgué la manga, así que me tiré todo el curso con un parche remendado sobre el codo que rezaba algo sobre el ski. Winter Sports o algo así. Huelga decir que yo no he hecho ski en mi vida.

En invierno, el suelo de tierra de la obra se convertía en un pantano, plagado de pequeñas lagunas en la arena, un ecosistema de marismas en el que evolucionaban las grúas y las excavadoras y que cambiaba tanto de un día al siguiente que cada vez que pasabas por allí tenías que reinventar de nuevo el camino.

La obra continuó paralizada hasta que cumplí los 18. Hasta hace bien poco, sobre una pequeña colina de arena aún se alzaba majestuoso un viejo cartel metálico, raído y oxidado, con una de aquellas fotos que no parecían fotos del todo, porque eran simulaciones de ordenador, en las que anunciaban como quedaría la zona después de la reforma. En ella podían verse elegantes edificios y zonas ajardinadas, y había un mercedes aparcado y una mujer cruzaba empujando un carrito de bebé. Bajo la fotografía todavía podía leerse un lema tan rotundo como irónico: "nuestras promesas son realidades".

Hoy han derribado las casas abandonadas donde me paraba a mear, y han quitado la escalera llena de musgo por la que subía arriesgando el pellejo, y el banco del lateral en el que una vez besé a una chica, y el soportal oxidado en el que una vez me atracó un yonki, y pronto quitarán el esqueleto gigantesco de la vieja fábrica y pondrán un bonito parque y edificios nuevos, como habían prometido, con la piedra lavada y el acceso amable y quitarán toda aquella mierda y reformarán la zona. Ahora, aquel lugar infecto estará mucho mejor.

¿Cómo voy a explicarles esta nostalgia absurda que me hace pensar que me han jodido mi lugar infecto, que me han robado el musgo y que me cago en todos los cambios? A medida que el mundo se desmorona van construyendo otro nuevo, y es ese que veías en aquellas fotos que no parecían fotos del todo, porque eran simulaciones de ordenador. Al final sus promesas eran más bien amenazas, y ahora, al mirar, parece que estás dentro de aquella simulación del cartel, y te entran escalofríos al ver lo jodidamente igual que les ha quedado todo.

miércoles, 8 de septiembre de 2010

EL MEJOR CAMARERO DEL MUNDO

El tipo se pasaba las horas sentado al fondo de la barra, haciendo girar una moneda y mirando mal a los clientes. En todos los años que pasé en su bar, jamás me saludó. Resoplaba de fastidio cuando le pedías una copa, como si te estuviera haciendo un favor... y, qué cojones, eso era exactamente lo que hacía: no sólo se aguantaba las ganas de estamparte la cabeza contra el mostrador, sino que te ponía un gintonic delante sin insultarte siquiera. No te decía lo despreciable que eras, ni lo a gusto que se quedaría borrándote la cara de una hostia, y con eso demostraba mucha más educación de la que tú merecías. Era el mejor camarero del mundo.

Por eso me extrañó comprobar, mientras le descolgaban del techo y le desataban la cuerda del cuello, que su cara lucía una amplia sonrisa: fue la única vez que se le vió sonreír.

EL MANCO

Julián "El Manco" no es de esos tipos a los que uno les puede gastar una broma. Todos a bordo sabíamos que se había cargado a tres tipos y ninguno queríamos ser el cuarto. Su carácter amable y el tono educado de su voz contradecían radicalmente la violenta expresión de su rostro: la cara de Julián "El Manco", cincelada a cuchilladas en todos los bares del puerto, parecía surcada por marcas de arpón, como el lomo de una ballena vieja. A pesar de que se mostraba amigable y divertido con todo el mundo, la tripulación entera sabía que era muy dado a saltarle los dientes de la boca al primero que le tosiera. Todos le tratábamos con el respeto que inspira el miedo, y quizá por eso, en los siete meses que duró la travesía, nadie se atrevió a preguntarle porqué le llamaban El Manco, a pesar de tener las dos manos intactas...

martes, 31 de agosto de 2010

LA PUTA AL RÍO

Hace ya tiempo que vengo pensando en romper la baraja, en quemarlo todo y a la mierda, y tiro la puta al río y ahí os quedáis todos, con un palmo de narices, y por mi que os folle un pez polla.

Me contaron que el señor Vicente solía prepararse un litro de vino cada mañana, para beberlo en el barco durante el día. Una mañana fue al puerto y el barco no pudo zarpar. El señor Vicente se sentó a esperar a que lo repararan y descorchó el vino. Cuando le dijeron que el barco no saldría, él ofreció la botella a los marineros y pronunció su célebre frase: "ahora ya, a joderlo todo". A joderlo todo, como decía Vicente, ha quedado acuñado como refrán al que apelan en mi pueblo en ese tipo de situaciones sin remedio: dentro de la derrota, aún cabe celebrar una pequeña victoria… es una tenue variación del castellano “de perdidos al río”.

Existe también otra expresión ligeramente distinta, y notablemente más gráfica: o follamos todos o la puta al río, que no se utiliza en los mismos casos, pero por ahí les ronda. Esta no se refiere exactamente a una situación perdida, no se resigna a aceptar la derrota, más bien al contrario: ante la amenaza de derrota propone una solución radical, invoca una amenaza extrema: o me dejáis jugar o rompo la baraja y aquí no juega nadie nunca más, que a mi no me conocéis, listillos.

O follamos todos o la puta al río apela a un sentimiento noble: exigir justicia, clamar por la equidad. O todos o ninguno. Si mi amigo no puede, entonces yo no quiero. No se trata del perro del hortelano, que no come ni deja comer. Es ligeramente distinto. Aquí el perro si quiere comer: reclama la parte que le toca bajo la amenaza de destrozarlo todo. Sino es para mi, entonces tampoco para vosotros, cabrones. En este mundo innoble que nos guisamos, hay que decir esta frase cada vez más a menudo.

lunes, 16 de agosto de 2010

...YA SABÉIS LO QUE PASÓ

Dicen que el primer poeta fue el que sintió aquello por primera vez: no era calor ni frío, ni era hambre, ni era sed. Tuvo que inventar una palabra nueva para aquello, así que lo llamó amor. Después intentó buscar algo que lo curase. Me gustaría contaros que no tardó en encontrarlo, pero ya sabéis lo que pasó...

lunes, 2 de agosto de 2010

POBRE DIABLO

Cuando lo encontraron, el tipo llevaba más de seis meses muerto. Nadie le había echado en falta en todo aquel tiempo, y sólo se decidieron a derribar su puerta cuando el olor empezó a hacerse insoportable. Ahora me estremezco al pensar cuantas veces habré entrado en el portal diciendo que allí olía a cadáver, cuántas veces me habré preguntado de dónde salían todas aquellas cucarachas.

Cuando yo llegué, la policía ya había precintado su apartamento, así que no pude ver nada. Los vecinos se arremolinaban en el descansillo. Algunos se tapaban las caras con pañuelos para no respirar aquel olor ácido y nauseabundo, que se hacía cien veces más insoportable cuando sabías que emanaba de un muerto. No es que me hubiera quedado con las ganas de presenciar aquel espectáculo macabro, pero ahora realmente me planteo si hubiera sido mejor verlo que imaginarlo. Ahora que me derretía vivo en mi habitación, a más de cuarenta grados, en uno de los veranos más calurosos que recuerdo, y ante la imposibilidad de dormir, no podía evitar imaginar el estado de aquel cadáver macerado, después de varios meses de cocción a fuego lento, hinchado y podrido, licuado por dentro, mancillado por los insectos.

Una vez escuché la historia de una vieja que vivía sola con un montón de gatos. La vieja había muerto y los gatos se la habían comido entera. Al cabo del tiempo sólo habían encontrado su esqueleto pelado. Pero éste fiambre no tenía siquiera un perro que le ladrase, ni una mala mascota que pudiera devorarle. El pobre diablo se había muerto en Navidades, antes de fin de año: eso quiere decir que mientras todos celebrábamos las fiestas, él estaba muriéndose sólo en su casa, y mientras brindábamos con champán y soplábamos nuestros matasuegras, él ya era un fiambre al que todo le importaba todavía menos que cuando vivía.

A los pocos días de instalarme en aquel edificio ya me advirtieron sobre la presencia de aquel vecino en el entresuelo primera. Me dijeron que era un señor muy mayor al que no le gustaba demasiado la gente, me dieron a entender que había perdido el juicio y más de una vez escuché quejas sobre el olor y discusiones por la basura que acumulaba en su casa. El tipo dejó de pagar la contribución a la comunidad en Noviembre, un mes antes de morir. El presidente llamó a su puerta y el se asomó con la cadena echada. Le dijo que se marchara de allí sino quería que llamase a la policía. Le dijo que no iba a pagarles nada a aquella pandilla de hijos de puta, y que ya bastante le costaba reunir dinero para comer como para gastárselo en gilipolleces, pero añadió que no se preocupara, que no pensaba volver a usar nada de la comunidad: no iba a ensuciar su portal de mierda, ni iba a abrir su buzón de mierda, ni mucho menos iba a coger su mierda de ascensor. Todo aquello le traía sin cuidado, porque no pensaba volver a salir de casa: se quedaría allí atrincherado y que le jodieran al mundo. Ya no tendría que volver a ver sus feas caras de imbéciles, reprochándole y juzgándole, y denunciándole a los servicios sociales o amenazándole con llamar a sanidad. Él llevaba viviendo en aquel edificio mucho más tiempo que todos ellos juntos y no tenían derecho a darle lecciones de nada. Lo único que querían era joderle vivo, echarle de casa y dejarle morir en la calle, para poder venderle su apartamento a alguna pareja joven y mansa, a un par de dóciles corderos que combinaran bien con el resto de la decoración. Claro, ahora les molestaba un viejo maloliente y pobre. Ahora les estorbaba su presencia. Les parecía feo.

En realidad yo nunca me lo crucé, así que ni siquiera sé qué aspecto tenía. Tampoco sé si realmente se le había ido la olla por completo y había decidido sepultarse en basura, o si tenía parte de razón y llevaba una forma de vida pacífica y controlada que los demás sencillamente no querían tolerar. No sé si era un pobre hombre al que ya no le quedaba familia ni amigos con vida o si era un auténtico hijoputa que había despreciado a todo el mundo durante tantos años que se había ganado a pulso que le dejaran solo.

No sé si tenía dos hijos que ya eran adultos y que se habían olvidado de lo bien que se había portado papá con ellos cuando eran pequeños y le habían dejado allí como a un mueble para poder vivir alegres con las zorras de sus mujeres, mientras esperaban a que él la palmara para poder cobrar su herencia, y que ni siquiera habían tenido la decencia de invitarle a sus putas casas para presentarle a sus condenados nietos; o si sus dos hijos habían jurado no volver a mirar a la cara al cabrón de su padre, que no había hecho más que joderles la vida desde que nacieron, o incluso si alguna vez pronunciaron la frase “Por lo que a mi respecta no tengo padre, y me trae sin cuidado lo que le ocurra a ese viejo borracho, como a él le trajo sin cuidado lo que nos pasara a nosotros cuando abandonó a mamá”.

No lo sé ni me hubiera importado nunca, de no haber sabido ahora que llevaba varios meses pudriéndose debajo de mí, mientras yo hacía mi vida y subía y bajaba por delante de su puerta. No sé qué tiene que hacer un hombre para acabar tan sólo como para no importarle a nadie ni siquiera después de muerto. No sé si hay que esforzarse y ganárselo a pulso, después de toda una vida de odio y desprecios, o si se debe más bien a una suerte desgraciada que quiso rodearle de desagradecidos que prefirieron olvidarse de él.

Pienso en esto mirando al techo de mi dormitorio porque el calor me impide dormir, y me pregunto si es posible que mi vida me reserve esa misma suerte, si terminaré sólo, sin familia y sin amigos, hasta ese día de Navidad en el que me cueste levantarme para recoger la leche que hierve en el fogón y se derrama sobre el suelo de la cocina, y sienta al levantarme un pinchazo agudo que me obligue a sentarme otra vez y repetirme a mi mismo que sólo es algo pasajero, que intente recuperarme y llegar hasta el teléfono para pedir ayuda, sin darme cuenta siquiera de que no tengo a nadie a quien llamar. Y lo pienso y lo pienso y me imagino caer lentamente desde el sofá al suelo de moqueta, con el tiempo suficiente para decidir en qué postura quiero morir, mientras fuera escucho el alboroto de las fiestas.

Pienso en si algún día algún vecino se preguntará de dónde diablos salen tantas cucarachas, ignorando que yo me pudro debajo de él, a cuarenta grados de temperatura, en uno de los veranos más calurosos que recuerda.