martes, 12 de octubre de 2010

12-S

Me pasé muchos meses estudiando aquellas torres. Lo sabía todo de ellas. Sabía más incluso que los propios arquitectos. Sabía, por ejemplo, que estaban diseñadas para absorber el impacto de un avión comercial, pero que los estudios no habían tenido en cuenta que los aviones van cargados de combustible. Un avión comercial tiene capacidad para más de 20.000 litros de queroseno, y el queroseno tiene una temperatura de combustión de más de 800ºC, lo que provocaría que las gruesas vigas de acero de la estructura central de los edificios se fueran derritiendo poco a poco. Se caerían, si. Vaya si se caerían.

En realidad, el plan era genialmente sencillo: sólo había que subirse a un avión, secuestrarlo y tomar los mandos, cambiar el rumbo y estrellarse en medio del edificio. No había que colarse dentro vestido de empleado de la limpieza, ni falsificar ninguna identificación. Tampoco había que construir ninguna bomba. Era tan simple que ni siquiera se les había ocurrido. Un golpe gigante, tan bestial que era imposible de evitar. Así, a saco. De cabeza contra el corazón del Imperio.

Lo tenía todo pensado, hasta el más mínimo detalle. Los horarios de las compañías, el número de azafatas, los mecanismos de seguridad del avión. Todo estaba preparado para el día 12 de Septiembre. Ese día ardería el cielo. ¿Cómo creéis que me sentí al día anterior, cuando lo vi todo en la televisión? Esos hijos de puta se me habían adelantado.

P.D.: Dedicado a todas aquellas personas a las que alguna vez les han robado una idea, fuera buena o mala.

martes, 5 de octubre de 2010

EL CUMPLEAÑOS

La chica había mencionado al entrar algo acerca de un cumpleaños al día siguiente. “Genial -pensé yo, tratando de no hacer ruido en el pasillo a oscuras- mañana lo celebraremos” y creo que justo después tiré alguna cosa de alguna estantería, de camino a su cuarto. Haciendo repaso, si que me parece recordar que escuché algún ruido sospechoso por la mañana, quizá la sensación de que alguien se levantara de la cama y la luz del sol colándose entre las rendijas de la persiana. Quizá recuerdo haberme dado cuenta de que ya no estaba abrazado a nadie, y quizá algún murmullo sordo en el salón, pero lo que definitivamente me hizo recobrar la consciencia fue la voz estridente de una niña pequeña, que gritaba justo a mi lado “Mamá, aquí hay un señor en el suelo!”.

La chica ya no estaba en la habitación, yo me había caído de la cama y efectivamente estaba en el suelo, envuelto en el edredón, y de pronto entendí la razón de aquel intenso murmullo que había estado sonando todo el rato en mi cabeza: al otro lado de la puerta se escuchaban las voces de cientos, quizás miles de niños pequeños. Niños de afilados incisivos, soplando sus matasuegras y cantando cumpleaños feliz.

Yo no llevaba puestos los pantalones, así que decidí no reaccionar a la voz de la niña. Permanecí agazapado debajo del edredón, temiendo por mi vida unos segundos que parecieron horas. Al otro lado de la espesa capa de plumas del edredón podía sentir la mirada láser de la niña, perforando cada átomo, examinándome en busca de algún movimiento que me delatara. Unos tacones de mujer entraron en la habitación y respondieron a la niña con una voz desconocida, “ese es Moncho. Déjale dormir”, y mientras tanto la arrastraba del brazo hacia el salón, y lo más sorprendente para mi no fue que la madre supiera mi nombre, sino que diese por supuesto que aquel único dato bastaba para explicarle a una niña de seis años porqué había un hombre aparentemente muerto en el suelo de la habitación, al mediodía, durante su fiesta de cumpleaños.

lunes, 4 de octubre de 2010

NUESTRAS PROMESAS SON REALIDADES

Pasaba por allí cada día para coger el autobús del colegio, así que mi infancia fue una obra permanente. En tercero me enganché la cazadora nueva en una de las vallas de aluminio y rasgué la manga, así que me tiré todo el curso con un parche remendado sobre el codo que rezaba algo sobre el ski. Winter Sports o algo así. Huelga decir que yo no he hecho ski en mi vida.

En invierno, el suelo de tierra de la obra se convertía en un pantano, plagado de pequeñas lagunas en la arena, un ecosistema de marismas en el que evolucionaban las grúas y las excavadoras y que cambiaba tanto de un día al siguiente que cada vez que pasabas por allí tenías que reinventar de nuevo el camino.

La obra continuó paralizada hasta que cumplí los 18. Hasta hace bien poco, sobre una pequeña colina de arena aún se alzaba majestuoso un viejo cartel metálico, raído y oxidado, con una de aquellas fotos que no parecían fotos del todo, porque eran simulaciones de ordenador, en las que anunciaban como quedaría la zona después de la reforma. En ella podían verse elegantes edificios y zonas ajardinadas, y había un mercedes aparcado y una mujer cruzaba empujando un carrito de bebé. Bajo la fotografía todavía podía leerse un lema tan rotundo como irónico: "nuestras promesas son realidades".

Hoy han derribado las casas abandonadas donde me paraba a mear, y han quitado la escalera llena de musgo por la que subía arriesgando el pellejo, y el banco del lateral en el que una vez besé a una chica, y el soportal oxidado en el que una vez me atracó un yonki, y pronto quitarán el esqueleto gigantesco de la vieja fábrica y pondrán un bonito parque y edificios nuevos, como habían prometido, con la piedra lavada y el acceso amable y quitarán toda aquella mierda y reformarán la zona. Ahora, aquel lugar infecto estará mucho mejor.

¿Cómo voy a explicarles esta nostalgia absurda que me hace pensar que me han jodido mi lugar infecto, que me han robado el musgo y que me cago en todos los cambios? A medida que el mundo se desmorona van construyendo otro nuevo, y es ese que veías en aquellas fotos que no parecían fotos del todo, porque eran simulaciones de ordenador. Al final sus promesas eran más bien amenazas, y ahora, al mirar, parece que estás dentro de aquella simulación del cartel, y te entran escalofríos al ver lo jodidamente igual que les ha quedado todo.

miércoles, 8 de septiembre de 2010

EL MEJOR CAMARERO DEL MUNDO

El tipo se pasaba las horas sentado al fondo de la barra, haciendo girar una moneda y mirando mal a los clientes. En todos los años que pasé en su bar, jamás me saludó. Resoplaba de fastidio cuando le pedías una copa, como si te estuviera haciendo un favor... y, qué cojones, eso era exactamente lo que hacía: no sólo se aguantaba las ganas de estamparte la cabeza contra el mostrador, sino que te ponía un gintonic delante sin insultarte siquiera. No te decía lo despreciable que eras, ni lo a gusto que se quedaría borrándote la cara de una hostia, y con eso demostraba mucha más educación de la que tú merecías. Era el mejor camarero del mundo.

Por eso me extrañó comprobar, mientras le descolgaban del techo y le desataban la cuerda del cuello, que su cara lucía una amplia sonrisa: fue la única vez que se le vió sonreír.

EL MANCO

Julián "El Manco" no es de esos tipos a los que uno les puede gastar una broma. Todos a bordo sabíamos que se había cargado a tres tipos y ninguno queríamos ser el cuarto. Su carácter amable y el tono educado de su voz contradecían radicalmente la violenta expresión de su rostro: la cara de Julián "El Manco", cincelada a cuchilladas en todos los bares del puerto, parecía surcada por marcas de arpón, como el lomo de una ballena vieja. A pesar de que se mostraba amigable y divertido con todo el mundo, la tripulación entera sabía que era muy dado a saltarle los dientes de la boca al primero que le tosiera. Todos le tratábamos con el respeto que inspira el miedo, y quizá por eso, en los siete meses que duró la travesía, nadie se atrevió a preguntarle porqué le llamaban El Manco, a pesar de tener las dos manos intactas...

martes, 31 de agosto de 2010

LA PUTA AL RÍO

Hace ya tiempo que vengo pensando en romper la baraja, en quemarlo todo y a la mierda, y tiro la puta al río y ahí os quedáis todos, con un palmo de narices, y por mi que os folle un pez polla.

Me contaron que el señor Vicente solía prepararse un litro de vino cada mañana, para beberlo en el barco durante el día. Una mañana fue al puerto y el barco no pudo zarpar. El señor Vicente se sentó a esperar a que lo repararan y descorchó el vino. Cuando le dijeron que el barco no saldría, él ofreció la botella a los marineros y pronunció su célebre frase: "ahora ya, a joderlo todo". A joderlo todo, como decía Vicente, ha quedado acuñado como refrán al que apelan en mi pueblo en ese tipo de situaciones sin remedio: dentro de la derrota, aún cabe celebrar una pequeña victoria… es una tenue variación del castellano “de perdidos al río”.

Existe también otra expresión ligeramente distinta, y notablemente más gráfica: o follamos todos o la puta al río, que no se utiliza en los mismos casos, pero por ahí les ronda. Esta no se refiere exactamente a una situación perdida, no se resigna a aceptar la derrota, más bien al contrario: ante la amenaza de derrota propone una solución radical, invoca una amenaza extrema: o me dejáis jugar o rompo la baraja y aquí no juega nadie nunca más, que a mi no me conocéis, listillos.

O follamos todos o la puta al río apela a un sentimiento noble: exigir justicia, clamar por la equidad. O todos o ninguno. Si mi amigo no puede, entonces yo no quiero. No se trata del perro del hortelano, que no come ni deja comer. Es ligeramente distinto. Aquí el perro si quiere comer: reclama la parte que le toca bajo la amenaza de destrozarlo todo. Sino es para mi, entonces tampoco para vosotros, cabrones. En este mundo innoble que nos guisamos, hay que decir esta frase cada vez más a menudo.

lunes, 16 de agosto de 2010

...YA SABÉIS LO QUE PASÓ

Dicen que el primer poeta fue el que sintió aquello por primera vez: no era calor ni frío, ni era hambre, ni era sed. Tuvo que inventar una palabra nueva para aquello, así que lo llamó amor. Después intentó buscar algo que lo curase. Me gustaría contaros que no tardó en encontrarlo, pero ya sabéis lo que pasó...