domingo, 30 de agosto de 2009

Sólo un momento

El vagón estaba tan lleno como de costumbre, pero tras algún que otro empujón conseguí salir al andén. Los pasillos del metro estaban inundados de caras anónimas que ya estaba acostumbrado a ignorar. Caras de otras personas, ajenas, impenetrables. Caras con historias que jamás se mezclarán con la mía. Los que os hayáis detenido a mirar esas caras sabéis perfectamente de qué hablo. Caras como fotografías, sólo un rostro en silencio, que oculta una vida completa pero que no está dispuesta a desvelarla. Sentimos a veces ese prúrito, ese impulso, de burlar al destino y agarrar a ese rostro y retenerlo para convertirlo en persona, zarandearlo para que nos cuente su historia, todo lo que queremos saber e ignoramos. Cuando no lo hacemos, que es casi siempre, vemos como el rostro se pierde para siempre en la marea del tiempo. Se borra y desaparece, como si nunca hubiera existido. Tan potente es el olvido como la propia muerte, y por eso, en el fondo, luchamos contra ambos con todas las fuerzas que nos da nuestra escasa vida. 


Al salir al pasillo principal empezó a flotar en el ambiente una música de organillo digital en la que se reconocía una popular sintonía de copla. La voz de una mujer, indescifrable bajo los propios acoples del altavoz, cantaba la letra con un perceptible acento del este, convirtiendo aquella cantinela en una pieza de lo más exótico, por el mestizaje casual. Una copla en ruso: el resultado de una globalización obligada. Tan casual y tan poético, tan efímero y tan poco trascendente que casi podríamos hablar de belleza...


En las escaleras mecánicas, me agolpé con una jauría de personas, o más bien de codos, de cuerpos informes que se acumulaban en línea para subir. Concentrado en hacer fuerte mi posición, me sorprendió una mano que me agarraba con fuerza y sin mediar palabra. Una mano que se sujetaba a la mía con confianza, con determinación. Era una niña de seis años que compartía el escalón conmigo y que, mientras se miraba a los pies para no tropezar con los escalones, me confundió con su padre, que seguramente era el tipo que estaba delante de nosotros. Miré a la niña, que todavía se miraba los pies, mientras me sujetaba la mano, y dejé pasar un larguísimo segundo sin atreverme a llamar su atención. No supe que hacer. Permanecí literalmente desarmado. Aquel momento, más que gracioso, me pareció casi mágico.


Pasó una docena de segundos sin que la niña se percatase de su equivocación. Doce segundos de congelación, de completo silencio, en el que miré a la niña varias veces, sin saber bien cómo abordar la situación. Permanecí inmóvil en mi escalón, pegado a ella, mientras la escalera mecánica continuaba avanzando. Casi al llegar al final del tramo, la niña levantó la mirada y comprobó el error. En el tumulto, había confundido mi mano con la de su padre. Estaba sujeta a la mano de un completo desconocido, de un barbudo extravagante, pero no se asustó, en absoluto. Nuestras miradas se cruzaron y al momento los dos reaccionamos. Simplemente nos soltamos sin decir nada y la niña subió al siguiente escalón para alcanzar a su verdadero padre. 


Efectivamente, existe algún tipo de relación entre la poesía y el error. Las equivocaciones, igual que las mentiras, tienen algo que las emparienta con los trucos de magia. Crean la ilusión de que está sucediendo algo que en realidad no es verdad. Durante aquel momento, yo viví aquella equivocación, mientras sujetaba la mano de aquella niña. Os parecerá una chorrada, pero durante el tiempo que la niña tardó en darse cuenta, yo fui su padre. Luego, como siempre, ya vino la verdad para disolver el sueño. 

martes, 27 de mayo de 2008

Las cosas no cambian nunca.

Que no, que las cosas no cambian... qué manía. Siempre estáis intentando negar lo eterno para escudaros tras lo fugaz. Si, claro, con lo fugaz estáis todos más cómodos... porque lo eterno no se puede cambiar. Es para siempre.

-Ya no te quiero. Tenemos que dejarlo. Las cosas han cambiado.
-Yo te sigo queriendo. No he cambiado.
-Pues yo si...
-No, tú tampoco. La gente no cambia nunca.
-Pues entonces ha cambiado nuestra relación... cambia lo que yo siento por tí.
-Si, de acuerdo... eso si cambia, pero por un error de base.

Había quedado con un amigo al que no veía desde hacía varios años. Me dijo hola y le dije hola. Él no había cambiado. En mis pensamientos, aquel momento estaba lleno de trascendencia, pero no ocurrió nada fuera de lo común. No sonaron violines, aunque a mi, por dentro, me tembló el esqueleto. Comenzamos a charlar. Nada había cambiado. Fue todo muy cómodo para mí, que por lo general me incomoda hablar con antiguos conocidos. Mi amigo, sin embargo, se comportaba como si nos hubieramos visto ayer. Se despidió y se fue caminando. Nada más trascendente. Nada más efímero.

-Las cosas cambian... acéptalo. A veces llueve, a veces hace sol... la gente se muere.
-Precisamente... esas son cosas que nunca cambian. Cambiarán el día en que la gente deje de morirse.
-Antes te quería, pero ahora no.
-Eso es porque antes pensabas que yo te cambiaría la vida...

La gente cree que cambia, si. Se dan cuenta de que se han vuelto adultos y hacen cosas de adultos, pero eso no significa que cambien. Cuando se jubilen harán cosas de jubilados. Pero eso no es cambiar. Pueden cambiar de ciudad porque no les gusta vivir allí, pero no cambian... y no es la ciudad lo que no les gusta.

El tiempo pasa y lo cambia todo. Eso no cambia: el tiempo pasará siempre.

-Las cosas no han cambiado. Es todo igual que antes.
-¿Entonces porqué ya no te quiero?
-Porque tú querías que las cosas cambiaran... y no han cambiado.

Yo no voy a cambiar, ni va a cambiar nada a mi alrededor. Yo no moriré nunca. Y todo lo que ahora significa algo para mi continuará existiendo.
Dicen que no hay nada eterno, que el tiempo lo cura todo, que todo puede cambiar. Pobre consuelo. Siempre ha habido gente que piensa que las cosas cambian: eso no cambia nunca.

-Es que yo necesito pensar que las cosas pueden cambiar.
-De acuerdo... pero entonces, volverás a quererme algún día?
-...es que no vas a cambiar nunca?
-No de eso te estoy hablando... ¿Volverás a quererme?
-No... y eso sí que no va a cambiar.

Ayer fui a un sitio en el que solía jugar cuando era niño. Era un pequeño solar abandonado detrás de mi casa. Ahora han construido una placita. Ya no se parece en nada. Hay que ver lo que cambian las cosas.

miércoles, 25 de julio de 2007

Declaración de Frustraciones

Está bien, os lo diré sin tapujos: Estoy mal de la cabeza. Pero tranquilos, que por contagioso que sea, seguramente vosotros estéis peor.
¿Alguna vez os han dado la tarde libre y no sabíais qué hacer con ella?
¿Alguna vez se os han hecho largas las vacaciones?
¿Tenéis la sensación de que deberíais estar haciendo algo... pero no sabéis el qué?
Mi enfermedad, como la vuestra, es una especie de alergia a la nada, una necesidad salvaje de rellenar el vacío.
Probé con la fotografía y con los acuarios, pero no consigo ser constante. Una vez hasta tuve un bonsai, pero no tardó en morirse. Toqué la guitarra, el bajo y la batería, pero ni yo mismo soportaba escucharme. Probé con la Iglesia Católica, pero me aburría en misa. Incluso probé con Marx, pero sin decisión, porque en el fondo, si el mundo continúa siendo un asco, yo podré seguir quejándome, que a la larga se ha convertido en mi única afición duradera.
Esta es la razón de que exista este blog. Quejarse, morder y extirpar de mí el acuciante impulso de combatir a la nada. Si tenéis la suerte de no sentir el vacío, entonces podéis seguir como si nada... pero si no, sabed que el vértigo es gratis: no es que leer esto vaya a curaros, pero leeréis, y escribiréis también, porque es una forma como cualquier otra para no morir de tedio. Es esto o sentarse a esperar.