jueves, 15 de octubre de 2009

TEMA LIBRE

Por la mañana, el folio en blanco y el bolígrafo reposan sobre la mesa del escritorio, impacientes, como si llevaran años esperando. Las herramientas básicas, el pico y la pala del escritor, son a la vez su salvación y su condena. La luz del sol se filtra a través de la persiana y proyecta formas irisadas sobre la superficie del folio. Ya sabéis, toda esa mierda.

Escribir no es difícil cuándo sabes qué decir. Lo dices y ya está. El problema es cuando no tienes ni idea de lo que quieres contar. Entonces, mirar al folio en blanco es como mirar a la cara a la propia muerte. No es fácil enfrentarse al vacío y mucho menos cuando está dentro de uno mismo.

El otro día escuché una leyenda india o algo por el estilo. Venía a decir lo siguiente:

En el bosque, todos los animales estaban congregados celebrando la llegada de la primavera. Todos eran felices menos el hombre, que estaba sentado a parte, empapado de tristeza, debajo de un árbol. Los animales se acercaron y le preguntaron qué le pasaba. “No nos gusta verte triste” le dijeron. “No soy feliz, porque la naturaleza ha sido injusta conmigo” dijo el hombre. “Vosotros podéis hacer muchas cosas, pero yo no puedo hacer nada”. El búho se acercó y le dijo “Deja de estar triste: dinos lo que quieres y nosotros te lo daremos”. “Querría tener buena vista” dijo el hombre. “Pues tendrás la mía” le respondió el búho. “Quisiera ser muy fuerte” dijo el hombre, y el jaguar le contestó “Serás tan fuerte como yo”. Así, todos los animales del bosque le fueron dando al hombre todo lo que podían hasta satisfacer todos sus deseos. Cuando acabaron, el hombre se marchó.

“Ahora el hombre ya tiene todo lo que deseaba” dijo el jaguar “ya no estará triste nunca más”. “Te equivocas” respondió el búho. “He visto un agujero en el hombre, y es tan profundo que jamás conseguirá llenarlo: es eso lo que le hace infeliz.“

Por la mañana de un miércoles cualquiera de 1986, yo estaría sentado en un pupitre doble del aula de parbulario. Ya casi no recuerdo como era ni recuerdo tampoco quién se sentaba conmigo. En realidad, lo único que recuerdo eran el tacto y el olor de las ceras de colores. La sensación de destrozarlas contra el folio en blanco. Manchas salvajes de colores, líneas curvas y rectas, donde antes no había nada.

En clase, la maestra nos mandaba dibujar a nuestra familia o nuestra habitación, nos pedía que dibujáramos algo que hubiéramos hecho el fin de semana o en las pasadas vacaciones. Creo que todavía debo conservar alguno de aquellos dibujos por alguna parte. Aquella mañana de miércoles, sin embargo, la maestra tenía una recomendación mucho más enigmática: el tema era libre, podíamos dibujar lo que quisiéramos. La clase parecía contenta.

A mi alrededor, mis compañeros empezaban a estrellar sus ceras contra los folios. Unas líneas primero, para definir los contornos. Después los colores de relleno y algo de fondo. Quizá incluso algo de perspectiva. Después de unos minutos ya podía reconocer lo que estaban dibujando algunos. Mi compañero de pupitre dibujaba un coche. El de delante hacía algo parecido a un perro. Ante mi, sin embargo, se imponía el inmenso precipicio del folio. Yo, que siempre había procurado acatar el tema propuesto, ajustarme a la pauta, no salirme de los bordes, me enfrentaba ahora a la incertidumbre. ¿Qué dibujar?

Pasaron los minutos y las ideas hervían en mi cabeza. Quise pintar un tanque, una casa, un caballo, un paisaje montañoso, un platillo volador, pero estaba paralizado por la inseguridad. ¿Qué hacer? Al fin y al cabo estaba libre del yugo del encargo. Libre para hacer lo que quisiera. No tenía que limitarme a los manidos clichés de siempre. Nada de familia ni de vacaciones. Ya no era un esclavo y podía dibujar lo que quisiera. Lo que siempre hubiera querido dibujar, podía hacerlo ahora. Un dragón de varias cabezas, un castillo o un barco. Tenía cientos de ideas brillantes, pero ¿cuál de ellas escogería?

Acerqué la cera al folio sin saber bien por dónde empezar. Comencé a trazar una línea horizontal de lado a lado, luego una línea curva. Luego me detuve a mirar. No tenía ni idea de qué estaba haciendo. ¿Qué diablos era aquello? Los minutos pasaban y ya no sólo me enfrentaba a la incertidumbre, sino también al tiempo, y por lo tanto al miedo.

Confiaba en que aquellas líneas abstractas, fruto del azar, me dictaran alguna norma, pero aquellos garabatos no dictaban nada. Aquello no se parecía a nada conocido. Hice otra raya más, que con la anterior podían parecer la silueta de un hombre. Traté de terminar la figura como pude. Era un hombre caminando. Bueno, más o menos. Luego dibujé un sol con una sonrisa y unas nubes para completar un poco el asunto. Apenas pude terminar, porque me había pasado toda la hora en blanco. Mi dibujo era sin duda el peor de todos.

La profesora se acercó con mi trabajo en la mano. Me preguntó qué era. Me preguntó porqué lo había dibujado. Yo era un manojo de nervios. Empezó a dolerme la barriga. No sólo había tenido que resolver aquella papeleta sino que ahora encima tenía que justificarla. Mierda. Le dije que no sabía. Me preguntó si estaba contento con mi dibujo. Joder, yo sabía de sobra que no era lo mejor de mi mismo, pero ¿qué quería que hiciera con tan pocas directrices? Me había obligado a saltar al vacío, sin red, y bastante era ya con que hubiera conseguido terminar algo como para exigir que fuera consistente. Me eché a llorar y le dije a la profesora que qué quería que hiciera, si no me había dicho qué tenía que dibujar, que me había pasado toda la hora pensando qué hacer y que luego no me había dado tiempo a hacer nada decente.

Por la tarde, al salir del colegio, fui con mi padre a la explanada que hay al lado del puerto. Habían instalado allí el Gran Circo Italiano. Fuera de las carpas se podían ver todo tipo de animales. Unas llamas, un elefante y hasta una cebra. Aquello era una pasada. Me hice una foto encima del elefante y otra sujetando a un chimpancé. Mi padre me acercó a una especie de atracción en la que unos ponis giraban atados a una noria. Me subió a uno de los ponis y me agarré fuerte de las crines. Aquel bicho estaba caliente y olía mal. En realidad no era como yo me esperaba. Aquello no tenía nada de la gracilidad de un corcel. Era rechoncho y pestilente. Un gitano con dientes de oro se colocó de pié a mi lado y me sujetó de la cintura. Olía aún peor que el caballo. El animal empezó a moverse con torpeza, arrastrando los cascos cansadamente sobre el barro. Pasó un rato y después el gitano me bajó. Mi padre me preguntó si me había gustado y yo le dije que mucho, pero en realidad me había decepcionado.

Entramos a la carpa y vimos el espectáculo del Gran Circo Italiano con sus tres pistas. Los payasos, los malabaristas, los domadores y toda ese rollo. Cuando terminó ya era de noche. Al acercarnos a la salida vi cómo el gitano desenganchaba a los ponis y los iba metiendo en un redil. Allí dentro, ya sueltos, los ponis empezaron a colocarse uno detrás de otro y continuaron caminando en círculos.

No es fácil enfrentarse con el vértigo al vacío, amiguitos, pero peor es caminar en círculos.

domingo, 4 de octubre de 2009

Luis Felipe

Era una verbena de pueblo, al estilo clásico, con un sólo fulano sobre el escenario. Se bastaba sólo para animar todo el cotarro, con un tecladillo y un micrófono, cantando canciones populares que casi nadie conocía. Ritmos charangueros, a veces tropicales, reducidos a la esencia de una melodía electrónica, como una sintonía de teléfono móvil. Aún así la gente bailaba. Los que más bebían eran los que más bailaban. Algunos hasta hacían la conga en círculos, alrededor de la plaza. Algunas extranjeras sonrosadas reían grotescamente y saltaban, haciendo botar sus enormes tetas en las caras de algunos babosos locales que intentaban seducirlas, o al menos aprovecharse de su ebriedad para frotarse contra ellas, como un oso que se rasca contra un árbol.

El tipo estaba en la barra, con un codo apoyado sobre la chapa metálica. Ya lo había visto antes, al acercarme a pedir un mojito. Parecía un pobre diablo, bajito y oscuro, consumido, con la cara comprimida, concentrada en un sólo punto, y con la boca llena de dientes desordenados. Ni siquiera hizo falta mirarle para que el tipo empezara a hablar.

¿italiano? ¿español? Me caen bien los españoles. Conozco bien la ciudad, si necesitas ayuda no tienes más que pedirla. Si quieres yo puedo ayudarte. ¿Donde vas a ir cuando termine esta fiesta? Yo intentaba evitar sus preguntas, respondiendo a todo que no sabía. El tipo, desde luego, no estaba de malas, pero tanta amabilidad olía a chamusquina viniendo del trigo menos limpio del lugar. Aún así, no entendía cual podía ser su interés en mí. Desde luego, debía estar ciego si pensaba que tenía algún billete en los bolsillos y me extrañaba la posibilidad de que sólo quisiera conversación.

Conozco los mejores locales: el jamaica, el Kremlin, el DeLuxe... tienes que ir a ese, es la hostia, está lleno de mujeres. A mi me encantan las mujeres. Yo soy de aquí, aunque acabo de llegar de Colombia... estuve allí viviendo trece años... Aquello si que era vida. Dinero, mujeres... ya sabes. La vida merece la pena cuando uno tiene dinero... sin pasta, la vida no vale nada. En Colombia yo era un tipo importante, tenía un montón de negras con las que follaba todo el tiempo. Estaban buenísimas.

El tipo hablaba y hablaba. No hacía falta animarle. Mientras hablaba intentaba contarle los dientes: había docenas dentro de aquella boca. Algunos se asomaban, otros, más tímidos, se metían hacia dentro. La mayoría estaban corroídos como si hubiera hecho gárgaras con ácido sulfúrico.

Si, si, tengo tres hijos. Bueno, dos de Colombia y uno de una mujer anterior que tuve aquí. Todavía me llevo bien con ella, pero claro, hacía muchos años que no la veía.

Hablaba de sus hijos como si realmente les quisiera, pero sonaba a mentira. No es que me deje llevar por los prejuicios, en serio. Si vosotros le hubierais visto, jamás diríais que ese tipo pudiera querer a un niño. Si acaso violarlo o robarle, pero no quererle. Quizá criarlos para luego vender sus órganos en el mercado negro. Quien sabe. Aún así, no dudo de que los quisiera, a su manera. Al fin y al cabo les mandaba dinero de vez en cuando. Un padrazo.

Tengo incluso dos nietos. ¿En serio? Si, si: uno ya tiene tres años. Joder, no me daban las cuentas: el tipo no parecía pasar de los cuarenta. ¿En serio? De verdad: dos nietos, hijos de mi hijo mayor... lo tuve muy jóven, con 16, y ahora él tiene 25 y acaba de tener a su segundo hijo. Desde luego, cuarenta años podían dar para vivir muchas cosas. El tipo se había dado mucha prisa.

¿Pero porqué un tipo así podía ser tan importante en Colombia? ¿En qué cojones trabajaba? ¿Trabajo? Jajaja. No, no, yo nunca he trabajado: me dedicaba al tráfico de drogas. Si quieres farlopa, yo puedo conseguirte la mejor. No gracias. También puedo conseguirte hachís si quieres. No gracias. Sólo tengo que llamar a mi primo, que está en las escaleras de ahí abajo. Venga, dame cinco euros y vuelvo ahora mismo. Nos lo fumamos a medias y nos vamos a tomar algo. No te estoy engañando, en serio. Bueno, cinco euros es todo lo que tengo...

Evidentemente, cuando mencionó el dinero, supuse que ese debía ser su interés. Aún así, cinco euros era un precio barato por quitármelo de encima. El tipo quería dejar claras sus buenas intenciones así que insistió en que me quedara su móvil como señal. Volveré enseguida. Era uno de esos móviles modernos con pantalla táctil, que valía bastante más de cinco euros. Aquello no tenía sentido. Si aquello era un timo, estaba ante el timador más estúpido de la región.

El tipo se perdió entre la gente. Tardó más de un cuarto de hora, pero volvió. Se acercó a mi, que le esperaba en la misma barra, pero aún más borracho que cuando me dejó. Al acercarse a mi, un tipo negro, probablemente un inmigrante caboverdiano, le interrumpió y se apartaron un metro. Cruzaron unas palabras. Él puso mala cara. De vez en cuando los dos se giraban y me miraban. Evidentemente hablaban de mí ¿De qué cojones iba todo aquello? ¿Estaba peligrando mi culo o es que tenía el sistema de alarma demasiado sensible? Tuvieron un pequeño forcejeo y él puso una mueca de asco. Se acercó de nuevo y me agarró del brazo. Tenemos que irnos de aquí, ya sabes: es negro... Al decir esta última frase, se aseguró de que nuestro vecino la escuchaba bien. Se miraron a los ojos mientras me arrastraba hasta el otro lado.

Le devolví el móvil y me enseño el hachís: una pieza raquítica que apenas valía para hacer cuatro porros. Arrancó la mitad de un mordisco. Al acercarla a la boca proyectó los dientes hacia fuera, como un monstruo de una película de ciencia-ficción. Empezó a quemar la china hasta que se ennegreció en su mano, despidiendo un olor nauseabundo, mezcla de petróleo y de amoniaco. Utilizó uno de esos papeles gruesos, como los que se usan para escribir. Envolvió el tabaco torpemente y le acercó la llama del mechero. Empezó a brotar de él un humo negro y espeso. Fumó dos caladas que redujeron el porro a menos de la mitad. Yo, mientras, le miraba en silencio.

En Colombia estuve preso mucho tiempo. Me condenaron a quince años por narcotráfico, pero sólo cumplí siete. La cárcel no es un sitio bonito, y menos en Colombia. Allí matan a la gente. Yo mismo lo vi, con mis propios ojos. Vi como degollaban a compañeros míos. A veces sin razón, simplemente los degollaban. Aquellos negros hijos de puta eran como salvajes. Te lo juro, lo vi con mis propios ojos: el cuerpo por un lado y la cabeza por el otro. Gente que conocía. Todas las noches me dormía pensando "me van a matar. Estos hijos de puta me van a acabar matando". Lo pensaba todo el tiempo. Pero eso ya pasó. Salí de allí hace un mes y ahora estoy aquí. No es momento de acordarse de aquello: ahora hay que recuperar el tiempo y divertirse. En realidad no me arrepiento: sabía que iban a acabar cogiéndome, pero en aquel momento pensé que merecía la pena. Lo pasé bien, pero la cárcel es muy dura... muy dura. En serio, no sabes lo que es aquello. Pero ahora ya pasó. Ahora hay que celebrarlo. ¿Quieres que vayamos a tomar una copa? Yo te invito. 

martes, 22 de septiembre de 2009

EL VIEJO Y EL BAR

El que escribe esto está ahora apoyado en la barra de un bar. El lugar es un club de moda. El momento es las cuatro de la mañana de un sábado. El que escribe esto está instalado en un taburete, con un codo apoyado en la barra y con un gintonic medio aguado en la mano. Está visiblemente borracho, pasa de los treinta y está solo. Para estas suertes es ya un viejo marinero, marcado por las cicatrices de toda una vida de oficio. Desde allí, apartado del gentío de la pista, agita los hielos en el vaso y divisa la grandiosidad del paisaje.

Desde la lejanía se divisa una superficie agitada de cabezas palpitantes que vibran al unísono. Pelos, gorras y algún brazo en alto, iluminados intermitentemente por unos potentes relámpagos de neón. El volumen de la música impide pensar, igual que el alcohol, convirtiendo toda la experiencia en una cuestión de sensaciones. La razón, mientras tanto, espera en el guardarropa, colgada de una percha, rodeada del último grito en chaquetas.

Desde lo alto, la multitud se retuerce y salpica. Pero el viejo lobo sabe que, bajo la primera capa superficial, late todavía un mar de carne que se agolpa, de cuerpos sin forma que se pisan y se suman los unos a los otros y, aunque su mirada no alcanza esa oscura profundidad, sabe que si se sumergiera allí, entre los sargazos de la pista de baile, bucearía en una gelatina densa de codos, muslos y zapatillas deportivas que no pertenecen a nadie en concreto.

Desde la soledad de su atalaya, el viejo marinero hace las veces de vigía y bebe sin evitar que la ginebra le resbale por la barba. Piensa que antes, hace muy poco, la borrachera le despertaba simpatía, mientras que ahora, quién sabe desde cuando, despertaba más bien patetismo. Este proceso se había producido de forma tan paulatina que apenas había podido percibirlo y todavía se resistía a asimilarlo. Efectivamente, no es uno de esos marineros musculosos que se sortean las mujeres en las tabernas del puerto. No es uno de esos lobos tatuados que se apuestan el sueldo echando un pulso. Ahora es sólo un perro viejo que husmea y que le ladra al mar y que sueña con un gran hueso que roer hasta que le llegue la muerte. Un cronista amargado que se enfada con la vida para no enfadarse consigo mismo y que escribe lo que piensa para no tener que sentirlo. Un pescador sin suerte que lleva media vida persiguiendo un pez que no existe.

Se seca las gotas de ginebra con la manga de la chaqueta y sigue observando, en silencio, agudizando su olfato depredador. Ha navegado muchos años por las aguas vacías del hedonismo y conoce bien todos los clubes, desde los mármoles de las salas más lujosas hasta el serrín del tugurio más cutre. Todavía recuerda el tiempo en el que sabía manejarse por allí como nadie, entre cubatas y vestidos de fiesta, y sabía sudar como nadie, bailar como nadie y estar más borracho que nadie. También sabía volver a casa tambaleándose, mientras el camino se retorcía y sabía en qué rincones vomitar. Sabía cómo estar contento todo el tiempo y, en los momentos frágiles, sabía bien cómo esconder su desamparo. Aquellos años hermosos de fertilidad y suerte, en que apenas hacía falta tirar las redes por la borda para verlas llenas de peces, los había pasado en aquellas dulces aguas, en una consagración febril, sin saber siquiera lo que buscaba en ellas. Ahora sólo puede seguir bebiendo.

Y soñar, eso si. Sueña con un mar lleno de peces que brincan a su barca. No una de esas piezas emblemáticas que uno cuelga en el despacho, no. Busca la realización personal, algo que justifique toda aquella dedicación a la nada, busca el amor eterno, pero hasta ahora no ha pescado más que un par de calamares. Piensa, tal vez demasiado tarde, que quizá lo que él busca no nada en aquellas aguas tramposas. Pero ahora sólo puede beber y seguir remando.

Para cuando el gintonic se acaba, el camarero ya le ha servido el siguiente. Bajo la luz de los relámpagos puede, por momentos, definir algunos rostros. Personas sin nombre de bordes difusos que se escurren y se escapan a la vista. Si entorna los ojos puede ver, en lontananza, cómo algunos atunes navegan hacia el horizonte. Más lejos, por estribor, un grupo de caballas salta, desordenado y sin rumbo, como si les moviera el mero placer de salpicar. Se agitan alegres y frescas, inconscientes de su propia juventud.

En la barra, la cosa es bien distinta. Allí sólo se ve algún que otro arenque despistado, que pide una copa y regresa rápido por donde ha venido, a las aguas más profundas de la pista de baile. A cien pasos, un tiburón de aletas anchas cerca a un grupo de morenas. Ante la agilidad de su cuerpo cartilaginoso, las morenas apenas tienen tiempo de ver cómo asoman sus incisivos antes de que todo el grupo desaparezca en la corriente. Una de las morenas, desgajada del grupo, se acerca a la barra. Pide un whisky con cocacola y, al girar la mirada de vuelta, el viejo puede ver el brillo en sus ojos oscuros, su piel dorada y brillante, su carne maciza y fresca. Los anzuelos empatados, las carnadas preparadas, el viento sur-sudoeste. El bucanero lanza un hola a la desesperada. Tiembla durante el breve instante que pasa hasta que recibe la respuesta. "Hola". El camarero sirve la copa y ella la recoge al vuelo. Antes de que el marinero pueda lanzar su arpón, ella se gira y plantea “¿Qué te parece si brindamos?” “¿Y por qué brindamos?” “Por lo que quieras”. El pescador no sabe si tiene los pies bien firmes, pero ahora es cuando tiene que poner en juego la poca agilidad que le queda. “Por todos los borrachos de todas las barras de todos los bares del mundo”. Ella bebió y sonrió. Después se perdió en la corriente. Las nubes dejaron un claro por el que se filtró brevemente la luz de la luna, una luz pálida, blanca y brillante, como tamizada a través de una cortina de encaje.

sábado, 12 de septiembre de 2009

LA PUERTA

Se trata de una puerta de madera maciza que data del año 1803. Un portón más bien, de tres metros de altura y casi un palmo de grosor. Está hecha de una sola pieza, tallada directamente del tronco de un árbol, y debe pesar al menos un par de toneladas. No sé bien qué tipo de maderas son esas que se denominan "maderas nobles", ni diferencio el roble del ébano, pero desde luego esta puerta transpira nobleza. El frontal está decorado con unos relieves simétricos y en el centro cuelga una enorme aldaba de hierro con la forma de una gárgola que sujeta un pesado aro metálico en la boca. Bajo la aldaba hay una enorme mirilla circular que gira. El pomo, también de hierro, está hecho a la medida de un gigante. En los complicados arabescos del marco puede apreciarse la mano firme del artesano. También puede apreciarse, de forma más evidente y dramática, cómo el orín de los perros de dos siglos han ido carcomiendo el barniz de los bajos. En el portal, alguien ha colocado un cartel que pone "Ciérrame con cuidado, soy de 1803".

Imagino que el cartel es para evitar que aquella antigüedad se llene de graffittis y navajazos, pero se ve que no ha funcionado muy bien, porque los vándalos han dado buena cuenta de ella. Los vándalos y el tiempo. Los relieves están roídos hasta apenas sobresalir en algunos puntos, el óxido se ha ensañado con los bronces y ha debilitado las bisagras y la leña de la parte superior se ha reducido a serrín después de que varias generaciones de termitas hayan prosperado en ella.

El edificio está ubicado en uno de los suburbios más lúgubres de la ciudad. Yo me acababa de mudar hacía una semana y ya había presenciado varios atracos y peleas. Los vagabundos preparaban sus camas de cartón en los portales colindantes, las bandas de latinos hacían suyas las aceras y los yonkis se agazapaban en los garajes, a quemar plata en los rincones más oscuros. A veces, alguno reunía las pocas fuerzas que le dejaba el caballo y salía de su guarida para atracar a algún señor despistado o algún chaval indefenso. En fin, un lugar encantador.

Yo había pasado un día realmente jodido, después de caminar arriba y abajo todas las calles de la ciudad. En serio, realmente jodido. A media tarde había descorchado una botella y desde entonces no había parado de beber y caminar, así que ahora estaba sucio y cansado. Sucio, cansado y borracho.

Al llegar frente a la puerta y meter la llave en el cerrojo escuché ruidos dentro, como de pelea o discusión. Es raro que la prudencia le visite a uno cuando está borracho, pero el caso es que antes de abrir eché un vistazo por la mirilla y distinguí a dos figuras que se enzarzaban en la oscuridad. Ahora escuchaba más nítidamente los sollozos de una mujer. Un hombre grande, ahora más nítido, sujetaba a una chica por la fuerza y la acorralaba en un rincón. Le había dado la vuelta y le aplastaba la cara contra la pared con una mano mientras con la otra le bajaba las bragas. La chica ni siquiera tenía la boca tapada, pero no emitía más que unos sonidos tenues, nerviosos, poco más que una respiración fuerte. Imaginé que el miedo le impedía gritar, pero también se me pasó por la cabeza la posibilidad de que todo aquello fuera una maniobra consentida y que aquella pareja disfrutara amándose de aquel modo tan hermoso.

No quería pasarme de listo y chafarle el polvo al vecino, así que eché un segundo vistazo y vi como el maromo se sacaba la minga de los pantalones, mientras la chica se revolvía como un calamar. Él la agarró por el pelo y le golpeó la cabeza contra la pared. La chica gritó y el tipo aplastó todo su cuerpo contra ella. Le separó las piernas como pudo. Yo no estaba en mi momento más lúcido, pero aquello me parecía demasiada perversión. La llave estaba ya en el cerrojo, así que bastaba con girarla suavemente y abrir de golpe para dejar noqueado al tipo y acabar con aquel numerito que me impedía subir a mi casa. El caso es que empujé con todas mis fuerzas y la puerta se salió de sus goznes, cayendo pesadamente. El suelo retumbó con el impacto y el estruendo debió despertar a todo el vecindario. Era como si acabara de estallar una bomba. En el portal se levantó una densa nube de polvo blanco que tardó un instante en disiparse.

El gran bloque de madera centenaria yacía en el suelo, partido en dos mitades y por uno de los extremos sobresalían las piernas del fulano. Una de ellas temblaba de forma compulsiva, como un pez que agoniza fuera del agua, probablemente un movimiento reflejo producido por el pinzamiento de algún nervio. Por el suelo empezó a extenderse un charco de sangre de color negro. Tuve que recular un paso para que no llegara hasta mis zapatos. La chica todavía seguía en la misma posición, de pie, girada contra la pared. La puerta estaba sólo a un par de centímetros de sus tobillos. Todavía le temblaban las piernas cuando se giró para ver el percal. No gritó. Se quedó congelada, intentando controlar la respiración. Después recobró la consciencia y alzó la vista hacia mí. En un arrebato histérico, saltó encima de la puerta con sus zapatos de tacón, pisó el cuerpo del colega y se arrojó en mis brazos. Empezó a besarme la cara. Todavía tenía una teta fuera y las bragas le colgaban por las rodillas. A mi ese gesto me había pillado desprevenido y por un momento pensé que quería que terminase la faena, pero después masculló un gracias y entendí que simplemente me había confundido con un héroe.

No tardaron en llegar los coches de policía y se armó un buen revuelo. Necesitaron a cuatro hombres para levantar la puerta y una espátula para despegar del suelo los trozos del violador. Vi cómo apartaban los trozos de la madera, reducidos a astillas, y ya no quedaba en ellos ni el mínimo asomo de nobleza. Uno de los agentes me hizo unas preguntas pero yo todavía estaba borracho y creo que le mandé a la mierda. Mientras metían a la chica en la ambulancia no pude evitar sentirme un poco triste por aquella majestuosa puerta. 

lunes, 7 de septiembre de 2009

EL VAGABUNDO

Estaba sólo, de pié en aquel lugar vacío, cubierto por un espeso manto de flores que me llegaban hasta las rodillas. El paisaje era tan idílico que casi parecía un sueño cursi, en serio, era una fantasía empalagosa: pequeñas florecillas blancas que lo cubrían todo a mi alrededor, hasta donde me alcanzaba la vista. Era como un puñetero anuncio. Así era. Tan bonito que resultaba ridículo.


El aire permanecía inmóvil, pesado, dándole a todo una atmósfera todavía más irreal, si cabe. Joder, me gustaría que pudierais verlo para que comprobaseis que no estoy exagerando. Aquello era una puta postal y yo estaba justo en el medio. De verdad, costaba aguantar la risa. El silencio era tan denso que podía escucharse la propia respiración. Diablos, era como si hubieran detenido el tiempo, como si una enrome roca, de varias toneladas, flotara en el vacío. Una sensación sobrecogedora.


Frente a mi se erigía aquel gigantesco edificio de colores, en medio de la jodida nada. Un coloso multicolor, un cíclope chirriante, una masa de hormigón sólida, con todo el espectro de tonalidades combinadas al azar. Un inmenso monumento al mal gusto. En serio, aquella cosa era una amenaza plástica, de una fealdad insultante, tan exagerado y tan fuera de lugar que resultaba ofensivo. 


En fin, todo aquello parecía una broma enorme a la que era imposible permanecer indiferente. La imagen era tan elocuente por si misma que me había acercado para capturarla. Estuve varios minutos vagando por los alrededores con la cámara, sacando fotos aquí y allá. Fotos tan solemnes que parecían hechas en un decorado de cartón. Algo tienen de inquietante los solares como este. Algo tienen la soledad y el silencio que reina en estos sitios baldíos. Algo que excita y emociona y que te hace sentir extraño, como si, por alguna razón, estuvieras donde no deberías estar. 


Miraba alrededor y no veía ni el mínimo indicio de vida humana. Avanzaba entre las flores y pulsaba el disparador. El mecanismo de la cámara era lo único que producía algún sonido y parecía extrañamente amplificado. Cada vez me acercaba más al monstruo: ahora estaba casi a sus pies. De pronto, mientras enfocaba, percibí un movimiento en una de las ventanas. Una sombra fugaz en las galerías del primer piso.


En medio de aquel silencio de sepultura se escuchó la voz de una niña de ocho años que, a pesar de hablar en susurros, desgarró la atmósfera e inundó todo el solar con su sonido. "Mamá ahí fuera hay un señor. Parece un vagabundo, pero lleva una cámara".


domingo, 30 de agosto de 2009

Sólo un momento

El vagón estaba tan lleno como de costumbre, pero tras algún que otro empujón conseguí salir al andén. Los pasillos del metro estaban inundados de caras anónimas que ya estaba acostumbrado a ignorar. Caras de otras personas, ajenas, impenetrables. Caras con historias que jamás se mezclarán con la mía. Los que os hayáis detenido a mirar esas caras sabéis perfectamente de qué hablo. Caras como fotografías, sólo un rostro en silencio, que oculta una vida completa pero que no está dispuesta a desvelarla. Sentimos a veces ese prúrito, ese impulso, de burlar al destino y agarrar a ese rostro y retenerlo para convertirlo en persona, zarandearlo para que nos cuente su historia, todo lo que queremos saber e ignoramos. Cuando no lo hacemos, que es casi siempre, vemos como el rostro se pierde para siempre en la marea del tiempo. Se borra y desaparece, como si nunca hubiera existido. Tan potente es el olvido como la propia muerte, y por eso, en el fondo, luchamos contra ambos con todas las fuerzas que nos da nuestra escasa vida. 


Al salir al pasillo principal empezó a flotar en el ambiente una música de organillo digital en la que se reconocía una popular sintonía de copla. La voz de una mujer, indescifrable bajo los propios acoples del altavoz, cantaba la letra con un perceptible acento del este, convirtiendo aquella cantinela en una pieza de lo más exótico, por el mestizaje casual. Una copla en ruso: el resultado de una globalización obligada. Tan casual y tan poético, tan efímero y tan poco trascendente que casi podríamos hablar de belleza...


En las escaleras mecánicas, me agolpé con una jauría de personas, o más bien de codos, de cuerpos informes que se acumulaban en línea para subir. Concentrado en hacer fuerte mi posición, me sorprendió una mano que me agarraba con fuerza y sin mediar palabra. Una mano que se sujetaba a la mía con confianza, con determinación. Era una niña de seis años que compartía el escalón conmigo y que, mientras se miraba a los pies para no tropezar con los escalones, me confundió con su padre, que seguramente era el tipo que estaba delante de nosotros. Miré a la niña, que todavía se miraba los pies, mientras me sujetaba la mano, y dejé pasar un larguísimo segundo sin atreverme a llamar su atención. No supe que hacer. Permanecí literalmente desarmado. Aquel momento, más que gracioso, me pareció casi mágico.


Pasó una docena de segundos sin que la niña se percatase de su equivocación. Doce segundos de congelación, de completo silencio, en el que miré a la niña varias veces, sin saber bien cómo abordar la situación. Permanecí inmóvil en mi escalón, pegado a ella, mientras la escalera mecánica continuaba avanzando. Casi al llegar al final del tramo, la niña levantó la mirada y comprobó el error. En el tumulto, había confundido mi mano con la de su padre. Estaba sujeta a la mano de un completo desconocido, de un barbudo extravagante, pero no se asustó, en absoluto. Nuestras miradas se cruzaron y al momento los dos reaccionamos. Simplemente nos soltamos sin decir nada y la niña subió al siguiente escalón para alcanzar a su verdadero padre. 


Efectivamente, existe algún tipo de relación entre la poesía y el error. Las equivocaciones, igual que las mentiras, tienen algo que las emparienta con los trucos de magia. Crean la ilusión de que está sucediendo algo que en realidad no es verdad. Durante aquel momento, yo viví aquella equivocación, mientras sujetaba la mano de aquella niña. Os parecerá una chorrada, pero durante el tiempo que la niña tardó en darse cuenta, yo fui su padre. Luego, como siempre, ya vino la verdad para disolver el sueño. 

martes, 27 de mayo de 2008

Las cosas no cambian nunca.

Que no, que las cosas no cambian... qué manía. Siempre estáis intentando negar lo eterno para escudaros tras lo fugaz. Si, claro, con lo fugaz estáis todos más cómodos... porque lo eterno no se puede cambiar. Es para siempre.

-Ya no te quiero. Tenemos que dejarlo. Las cosas han cambiado.
-Yo te sigo queriendo. No he cambiado.
-Pues yo si...
-No, tú tampoco. La gente no cambia nunca.
-Pues entonces ha cambiado nuestra relación... cambia lo que yo siento por tí.
-Si, de acuerdo... eso si cambia, pero por un error de base.

Había quedado con un amigo al que no veía desde hacía varios años. Me dijo hola y le dije hola. Él no había cambiado. En mis pensamientos, aquel momento estaba lleno de trascendencia, pero no ocurrió nada fuera de lo común. No sonaron violines, aunque a mi, por dentro, me tembló el esqueleto. Comenzamos a charlar. Nada había cambiado. Fue todo muy cómodo para mí, que por lo general me incomoda hablar con antiguos conocidos. Mi amigo, sin embargo, se comportaba como si nos hubieramos visto ayer. Se despidió y se fue caminando. Nada más trascendente. Nada más efímero.

-Las cosas cambian... acéptalo. A veces llueve, a veces hace sol... la gente se muere.
-Precisamente... esas son cosas que nunca cambian. Cambiarán el día en que la gente deje de morirse.
-Antes te quería, pero ahora no.
-Eso es porque antes pensabas que yo te cambiaría la vida...

La gente cree que cambia, si. Se dan cuenta de que se han vuelto adultos y hacen cosas de adultos, pero eso no significa que cambien. Cuando se jubilen harán cosas de jubilados. Pero eso no es cambiar. Pueden cambiar de ciudad porque no les gusta vivir allí, pero no cambian... y no es la ciudad lo que no les gusta.

El tiempo pasa y lo cambia todo. Eso no cambia: el tiempo pasará siempre.

-Las cosas no han cambiado. Es todo igual que antes.
-¿Entonces porqué ya no te quiero?
-Porque tú querías que las cosas cambiaran... y no han cambiado.

Yo no voy a cambiar, ni va a cambiar nada a mi alrededor. Yo no moriré nunca. Y todo lo que ahora significa algo para mi continuará existiendo.
Dicen que no hay nada eterno, que el tiempo lo cura todo, que todo puede cambiar. Pobre consuelo. Siempre ha habido gente que piensa que las cosas cambian: eso no cambia nunca.

-Es que yo necesito pensar que las cosas pueden cambiar.
-De acuerdo... pero entonces, volverás a quererme algún día?
-...es que no vas a cambiar nunca?
-No de eso te estoy hablando... ¿Volverás a quererme?
-No... y eso sí que no va a cambiar.

Ayer fui a un sitio en el que solía jugar cuando era niño. Era un pequeño solar abandonado detrás de mi casa. Ahora han construido una placita. Ya no se parece en nada. Hay que ver lo que cambian las cosas.