domingo, 24 de enero de 2010
CUENTO DE NAVIDAD
Al principio pensaron que se trataba de un ladrón, dado que llevaba un enorme saco cargado de cosas, pero al poco rato entendieron que era lo contrario: el tipo intentaba meter aquel todo aquello por la estrecha chimenea. Ignoran como un anciano de edad tan avanzada consiguió trepar al tejado con una carga tan pesada. Parece que una vez arriba introdujo las dos piernas por el hueco de la chimenea y se deslizó hasta la cintura, pero no consiguió pasar de la barriga y se quedó atascado, sin posibilidad de moverse hacia arriba ni hacia abajo. Pasó allí toda la noche hasta que, por la mañana, un vecino alarmado decidió llamar a las autoridades.
Hubo que desmontar toda la chimenea y cuando la policía se lo llevó arrestado la gente empezó a abuchearles. El hombre se mostró muy dócil durante los interrogatorios, pero no respondió ni una sola pregunta. El jefe de policía dijo en la rueda de prensa que sospechaban que no se trataba de un loco, sino del verdadero Papá Noël. Cuando los periodistas le preguntaron en qué se basaba, él respondió que, cuando le detuvieron, el hombre le dio un paquete. Dentro había una PlayStation3 ...y eso era justo lo que él había pedido.
miércoles, 30 de diciembre de 2009
UN DIA DE SUERTE
Ya pasaban de las cuatro y el único sitio con comida resultó ser una de esas hamburgueserías grasientas del centro. Me senté en una de las mesas a comerme la hamburguesa, las patatas y el refresco, y miraba a mi alrededor como si realmente hubiera aterrizado en otro planeta. Es alucinante que la evolución de los acontecimientos nos haya llevado desde los tiempos de las cavernas a concebir estos lugares. Es divertidisimo. Desde cualquier rincón puedes observar a gente de índoles dispares, afanándose en frenéticas tareas, como quien observa la actividad en un hormiguero.
Mientras mordía la hamburguesa, entretenido con esta visión, un señor enorme se sentó a mi lado y se puso a comer como si no hubiera mañana. Realmente engullía la hamburguesa. Quiero decir que se metía pedazos enteros directamente en el gaznate, y proyectaba migas de pan por las comisuras de la boca como si fuera un jodido dibujo animado. De pronto me sobresaltó la voz aguda y directa de un niño pequeño. Efectivamente, se trataba de un sujeto de unos siete años que me miraba con los ojos tan abiertos que parecía pensar que vería más cosas cuanto más los abriera.
“¿Qué dices chaval?” “Que si me da usted la pegatina.” “¿Qué pegatina?” “La que viene con el refresco.” “Claro, chaval, tómala.” Arranqué la pegatina del refresco y se la pasé. El niño se fue corriendo, poseído por una convulsión histérica. Se arrojó al suelo y se puso a rascar la pegatina frenéticamente. Al angelito le hacía ilusión el regalito de las hamburguesas. Ojalá a mi pudieran hacerme feliz tan fácilmente. Claro, chaval, sé feliz con tu pegatina. Me encanta hacer sonreír a un niño.
Yo todavía no había dado otro mordisco a la hamburguesa cuando el niño se puso a chillar, como si hubiera entrado en un trance diabólico. Saltaba y saltaba con la pegatina en la mano. “Si, si, si, si, premiooooo.” Gritaba. Joder, si que le gustaban al niño los muñecos que regalaban con las hamburguesas. Terminé mi comida mientras el niño alborotaba todo el local. No dejaba de gritar y los adultos empezaban a arremolinarse a su alrededor. Me levanté a devolver la bandeja, pero de repente sentí una descarga helada en la columna cuando leí el anuncio en el salvamanteles de papel chorreado de Ketchup. De pronto lo entendí todo. Entre los surcos de grasa y las manchas de salsa se leía en letras grandes y doradas “Gane 300.000 euros”.
El hijo de puta del niño acababa de ganar 300.000 euros con mi puta pegatina. Era mi refresco, era mi pegatina, era mi premio, y aquel chaval era un hijo de puta que me había engañado. Yo pensaba que el crío quería un robot o alguna mierda de esas, pero el muy usurero quería la pasta. Hay que ver cómo de cabrón puede llegar a ser un niño. El pequeño bastardo me había tomado por imbécil. Corrí hacia él verde de furia. Rompí la primera capa de personas que le rodeaba y aún tuve que apartar algunos hombros más antes de poder agarrarle. Le cogí de las solapas y empecé a zarandearle en el aire. Le grité “hijo de puta, eres un hijo de puta, esa era mi pegatina.” La gente se apartó unos pasos instintivamente. El niño me miró estupefacto. Tenía la cara crispada como si la estuviera sacando por la ventanilla de un coche. Estaba paralizado de terror y tardó unos segundos en levantar la mano temblorosa para devolverme la pegatina. Con un hilo de voz que surgía del fondo de su estómago masculló un “lo siento, perdone, yo…”. Miré la pegatina y leí el mensaje que venía escrito. “¡Has ganado un helado!”.
Solté al niño de las solapas y le coloqué un poco la cazadora. Me giré y vi unas veinte miradas perforadoras clavadas en mi. El local entero se había quedado en silencio. Tranquilamente caminé hasta la barra y le pedí el helado al camarero.
miércoles, 23 de diciembre de 2009
LA ANOMALÍA
Ya sabéis como empiezan siempre estas cosas, de la manera más anodina, cualquier mañana aburrida de Noviembre. Seguramente la primera señal se detectó en un laboratorio cualquiera, por una leve variación en las lecturas. Seguramente alguna aguja empezó a oscilar en algún aparato, marcando el valor que no debía, y seguramente el becario que estaba encargado, al ver que no le cuadraban las cuentas, fue a alertar a su superior, temiendo haberla cagado en algo.
Al superior se le debió caer el cigarro de la boca al leer aquellas cifras y seguramente llamó a sus colegas para cotejar los datos y los colegas empezaron a mearse en los pantalones. La comunidad científica al completo escupió el café mientras los números bailaban en sus calculadoras. Para cuando se empezó a investigar seriamente el asunto, la Humanidad entera había fijado ya su atención en aquel punto lejano de la galaxia, aquel lugar oscuro en medio de ninguna parte que se dio a conocer como La Anomalía.
Una porción de nada en el centro de la nada más inmensa. Un puñetero puntito en medio del puñetero Universo, idéntico a todos los demás puntitos, pero jodidamente distinto: un tumor espacial en el corazón de la galaxia.
Nadie entendía nada de lo que estaba pasando, y mucho menos los científicos. ¿Cómo podían explicar algo tan complicado a toda una Humanidad histérica que no entendía una mierda de física? La gente ni siquiera sabía lo que ocurría en su propio planeta y de repente tenían la vista puesta al otro lado del Universo. Por si no se sentían ya suficientemente pequeños, de pronto se dieron de narices con el infinito. Ignoraban porqué de repente era tan importante aquel jodido lugar, si es que se le puede llamar lugar al puñetero vacío, y todo que alcanzaban a entender es que, a millones de años luz, aquella inmensa porción de espacio, más grande que cien planetas, les estaba tocando los cojones a escala cósmica. Y tampoco les hacía falta entender mucho más.
El problema, efectivamente, no era que los números bailasen ni que nadie entendiera nada, sino el estado de incertidumbre general en el que quedó sumida toda la población de la Tierra días después del descubrimiento de la Anomalía. La gente continuó con sus rutinas, como si nada y, aunque el tiempo mitigó sus preocupaciones, dejó sus almas marcadas por una desazón punzante. Nadie hablaba del asunto, para no pensar en ello, y hasta parecía que todo aquel angustioso episodio no había llegado a ocurrir nunca, pero en el fondo sabían que aquel lejanísimo cáncer invisible seguía flotando impasible sobre sus cabezas.
Nadie puede saber con seguridad si los efectos de la Anomalía existían ya antes de su descubrimiento, pero desde luego, a partir de que la noticia se hiciese pública, las consecuencias fueron devastadoras. Al principio, todo el mundo pensaba que aquello sólo les estaba ocurriendo a ellos y tardaron mucho tiempo en comprender que la tristeza que había invadido sus pensamientos era en realidad un fenómeno generalizado.
La angustia que provocaba aquel enigmático lugar vacío se difundió por todo el mundo. Los síntomas podían apreciarse a simple vista, en los hombros caídos, en los andares vagos, en la mirada perdida. La angustia provocaba vértigo y el vértigo generaba ataques de ansiedad y hasta de pánico. Algunos apenas conseguían conciliar el sueño. Aquella enfermedad sutil parecía haberles contagiado a todos, como si aquel vacío que flotaba en medio de la nada se hubiera instalado también en sus corazones. La Humanidad entera se sintió desamparada y sola, sin suelo bajo los pies y, como una imparable epidemia, se extendieron por todo el planeta unas inexplicables ganas de llorar.
miércoles, 16 de diciembre de 2009
LA CABINA
Yo debía rondar los doce años y si por aquel entonces me hubiera visto a mi mismo hoy en día estoy seguro de que no me habría reconocido. En aquella época todavía no había comenzado la fiebre de los teléfonos móviles y la gente era amiga de las cabinas telefónicas. ¿Os acordáis? Ahora ya casi no quedan, diablos. Cuando buscas una estás perdido.
Al lado de mi portal solía haber una de esas con puertas plegables, en las que tenias que entrar. En fin, una cabina de verdad, porque las otras técnicamente ni siquiera son cabinas. Estaba en la esquina, justo en la entrada de unas escaleras que se volvían oscuras y peligrosas durante la noche. Generalmente, la cabina amanecía con los cristales rotos y llena de pintadas y era común encontrarse el cable roto, colgando, y el auricular tirado por el suelo. El interior olía a urinario público y nunca me quedó muy claro si eran solo los perros los que meaban allí. Rara vez funcionaba pero, aún así, recuerdo haber hecho muchas llamadas desde aquel pequeño compartimento.
Después vi El Doctor Who y El viaje alucinante de Bill y Ted, en las que los personajes viajaban en cabinas telefónicas, y el interior metálico de aquel cacharro comenzó a ganar encanto en mi imaginación. El cristal traslucido por la pintura de los graffitis y por la publicidad pegada y rascada un millón de veces, y aquellas instrucciones cubiertas por un plástico húmedo, siempre rallado con llaves o quemado con mecheros, que indicaba los prefijos de todas las provincias, último vestigio de una época remota en la que había que marcar los prefijos a parte. Una vez conseguí unas monedas extranjeras que pesaban lo mismo que las de veinte duros y la gente las usaba para colarlas en las máquinas. Pensaba que podría hacer miles de llamadas, pero nunca funcionó.
Una mañana, un tipo del vecindario se tiró por el balcón de su casa y aterrizó justo encima de aquella cabina. Yo aparecí justo después de que se llevaran el cadáver, así que no llegué a verlo, pero si vi el maltrecho esqueleto metálico de la cabina, abollado y comprimido, como un acordeón abstracto, con los cristales reducidos a millones de pequeños pedacitos que se extendían por toda la acera, hasta los zapatos de los curiosos que rodeaban la escena. La policía echaba serrín por el suelo para absorber los restos de sangre.
Al parecer, el hombre había preparado café, pero saltó antes de tomárselo: lo retiró del fuego y lo dejó sobre la mesa, sin servir. A un lado encontraron un papel y un bolígrafo, pero no había nada escrito. No se le habría ocurrido qué poner. O quizá se le ocurrieran demasiadas cosas como para ponerlas todas.
Recuerdo que pensé que si las cosas me fueran tan mal como para querer morir, antes de suicidarme me fugaría. Uno siempre tiene tiempo para dejarlo todo y empezar una nueva vida en otro lugar. Ahora me doy cuenta de lo cándido que era entonces y de lo limpio que estaba todavía mi pensamiento. Ignoro cuando empezó a ensuciarse todo, ni cuando se volvió la vida tan complicada, pero ahora entiendo que hay cosas de las que uno no puede huir por muy lejos que se vaya.
A la mañana siguiente, cuando pasé por allí, los servicios de limpieza ya habían limpiado todo aquel desastre. Ya no quedaban restos de cristales rotos ni manchas de sangre en el suelo. Los operarios de la compañía telefónica retiraban los restos retorcidos de la cabina y procedían a instalar una nueva. Cuando volví de la escuela, en el lugar ya no quedaba nada que recordara aquel macabro incidente y la nueva cabina relucía bajo la luz rojiza de la tarde. Un hombre mantenía una conversación dentro, tan tranquilo, ajeno a todo lo que había ocurrido allí tan solo unas horas antes.
La nueva cabina permaneció en servicio muchos años, como un monumento secreto al suicida desconocido. Creo que yo no volví a usarla nunca y si os hablo ahora de ella es porque, en algún despacho de algún organismo del estado, algún político decidió remodelar la vieja esquina y la entrada de las viejas escaleras, así que esta mañana, sin previo aviso, los trabajadores empezaron a romper el suelo y levantaron la cabina con una grúa. Yo me quedé mirando junto a algunos jubilados, pero tenía la sensación de que, de toda aquella gente, yo era el único que entendía lo que estaba pasando allí.
jueves, 26 de noviembre de 2009
QUE OS JODAN, HIJOS DE PUTA
Parece ser que el anciano estaba ya muy mal cuando recibió la última visita del promotor inmobiliario, que se presentó en su casa sin más, con un traje elegante. El anciano le recibió en su lecho de muerte, prácticamente ciego. El hombre se acercó y le explicó que esta vez su oferta era mucho más ventajosa. Hablamos de mucho dinero. Entendía que hubiera preferido pasar su vida en aquella casa, pero ahora ya no tenía sentido negarse a vender. Había muchas familias jóvenes que esperaban tener la oportunidad de vivir en aquella zona. Tenía que pensar en ellos. Ahora que se acercaba el final, tenía la oportunidad de hacer lo correcto antes de abandonar el mundo. Eso le dijo, y le acercó el contrato a la cama y hasta le colocó un bolígrafo en la mano. Sintió el tacto de su piel vieja y fina como un pergamino. El anciano hizo lo posible por recostarse, entre toses. Con sus últimas fuerzas agarró el bolígrafo y lo apretó contra el papel. Trazó un garabato torpe y se lo pasó al promotor, después le cogió la mano y le dedicó una mirada mientras en sus ojos se extinguía la vida. El promotor le soltó la mano y miró el contrato. Al final del papel, en el hueco donde debería estar su firma, el anciano había escrito “Que os jodan, hijos de puta”.
sábado, 21 de noviembre de 2009
ENCONTRÉ UN CHULETÓN EN LA CALLE
Ni siquiera sé porqué acabé en aquella fiesta, pero ya venía siendo habitual encontrarme en este tipo de situaciones cualquier miércoles por la noche, o martes, o jueves, o cualquiera que fuera el puñetero día de la semana. Ciertamente, lo único que alteraba mi horario era que los fines de semana el metro cerraba tarde y podía volver a casa a eso de las 3 o las 4 de la mañana, mientras que los días laborables tenía que esperar hasta que abriera, a eso de las 5:30.
Aquel jueves o lo que fuera me había colado en una fiesta de postín y no podía encontrarme más fuera de lugar. No conocía a nadie allí dentro, así que me hice amigo del camarero, que me puso todos los cócteles que pude beber. Para cuando me echaron de la fiesta, ya eran las cuatro de la mañana y yo apenas podía caminar recto. El metro estaba cerrado y mi casa quedaba a más de una hora caminando, así que me paré en un cajero para sacar dinero para un taxi.
Introduzca su número secreto. 4573. Código erróneo. Continuar. Introduzca su número secreto. 4753. Código erróneo. Joder, ¿cómo era? Me lo sabía tan de memoria que mis dedos normalmente lo tecleaban sólo, sin que tuviera que pensar nada. Maldita sea, ¿cómo podía haberlo olvidado? Continuar. Introduzca su número secreto. 4357. Código erróneo. Tarjeta retenida por cuestiones de seguridad. Por favor, consulte con su banco. ¿Cómo? Maldita sea. ¿En serio se la ha tragado? Cajero, cabrón, devuélveme mi puta tarjeta.
Diablos, ¿qué podía hacer ahora? Golpear el cajero parecía lo más racional. También le di una patada, pero no conseguí arreglar el problema. Lo mejor era no pensarlo demasiado y enfilar el camino a casa, sin demasiados victimismos. Cuanto más lo lamentara, más horrible sería el camino.
Estarán de acuerdo conmigo en que pasear a las cuatro de la mañana de un miércoles por el centro de una gran ciudad es una experiencia interesantísima. Vi pasar un coche tuneado con luces de neón a doscientos kilómetros por hora con música tecno sonando a todo volumen en el interior; un sudamericano le gritaba a una mujer y la policía se acercó para detener la riña; un portero echó a un borracho de un garito y el borracho empezó a molestar a dos chicas que pasaban; un paquistaní mantenía negocios ilegales en una esquina oscura y siete putas de diferentes procedencias esperaban clientela en el borde de la acera.
Yo caminaba fluidamente, con los tobillos ya en caliente, tratando de mantener el rumbo lo más recto posible y sólo me detuve una vez, junto al banco de un bulevar. Sobre el asiento reposaba un enorme y jugoso chuletón envasado al vacío, en una de esas bandejas del supermercado. Un chuletón de un kilo. Os lo juro. Y yo sin cenar.
En circunstancias normales uno se plantea dos veces eso de coger comida del suelo, pero el alcohol nos da en arrojo lo que nos quita en prudencia y mi estómago mandaba en aquel momento sobre el resto de mi organismo. No había comido carne en toda la semana y no me cabía ninguna duda de que el mismo Dios había colocado aquel sangriento pedazo de carne justo allí, tan coqueto sobre el banco, justo en medio de mi camino, para premiarme por mi misticismo. Agarré el chuletón y volví el resto del camino dando brincos.
Al llegar a casa, ligeramente menos borracho, decidí examinar el botín más detenidamente. Diablos, yo no era forense ni nada, pero no detectaba restos de necrosis, al menos a nivel superficial. Quizá había adquirido un tono grisáceo por los bordes, pero aquel pedazo de carne aún estaba fresco y por suerte yo lo había encontrado antes de que se hubiera echado a perder. A la mañana siguiente, algún empleado de la limpieza se lo hubiera encontrado ya podrido y habría acabado sus días en la basura.
Es cierto que al acercar la nariz noté cierto olor a cadáver. Un olor no demasiado agradable, quiero decir, pero pensé que tanto tiempo sin probar la carne podría haberme generado una sensación de rechazo. Olía un poco fuerte, pero estaba bien. Pensé que, en todo caso, al incinerarlo en la sartén conseguiría esterilizarlo: si algo hubiera de malo en aquel filete, sin duda ardería en el fuego.
La carne se contrajo al primer contacto con el aceite caliente y empezó a chisporrotear como una verbena. Estaba muy borracho, pero tenía clara una cosa: nada de “poco hecho”, nada de “en su punto”. Aquello tenía que rebasar la categoría de “muy hecho” para adentrarse en la de “carbonizado”.
Lo serví escuetamente en un plato y cogí mi cuchillo más afilado. Probé el primer bocado caliente en todo el día y sentí que mi cuerpo se activaba. En mi estómago había fiesta y todo el organismo estaba pidiendo refuerzos. Por allí no se había visto tal despliegue de proteínas desde hacía tiempo.
Bocado a bocado empecé a paladear la carne, que tenía un sabor tan fuerte como su olor. A cada mordisco me convencía más de que aquella carne quizá llevara muerta demasiado tiempo. En mi mente vi a un lobo hundir sus dientes sobre el cuerpo de un cordero. Un buitre desgarraba la carne del cadáver de un búfalo. Un león clavaba sus colmillos en el muslo de una gacela y lo desgarraba de un mordisco. La sangre oscura le resbalaba de la boca. Un festival de carne, sangre y tendones.
Ya llevaba comido más de medio chuletón cuando empecé a sentir un dolor punzante en el estómago, no sé si por sugestión o por putrefacción, así que decidí dejar el festín sin terminar, porque me gusta ser un hombre precavido.
jueves, 15 de octubre de 2009
TEMA LIBRE
Por la mañana, el folio en blanco y el bolígrafo reposan sobre la mesa del escritorio, impacientes, como si llevaran años esperando. Las herramientas básicas, el pico y la pala del escritor, son a la vez su salvación y su condena. La luz del sol se filtra a través de la persiana y proyecta formas irisadas sobre la superficie del folio. Ya sabéis, toda esa mierda.
Escribir no es difícil cuándo sabes qué decir. Lo dices y ya está. El problema es cuando no tienes ni idea de lo que quieres contar. Entonces, mirar al folio en blanco es como mirar a la cara a la propia muerte. No es fácil enfrentarse al vacío y mucho menos cuando está dentro de uno mismo.
El otro día escuché una leyenda india o algo por el estilo. Venía a decir lo siguiente:
En el bosque, todos los animales estaban congregados celebrando la llegada de la primavera. Todos eran felices menos el hombre, que estaba sentado a parte, empapado de tristeza, debajo de un árbol. Los animales se acercaron y le preguntaron qué le pasaba. “No nos gusta verte triste” le dijeron. “No soy feliz, porque la naturaleza ha sido injusta conmigo” dijo el hombre. “Vosotros podéis hacer muchas cosas, pero yo no puedo hacer nada”. El búho se acercó y le dijo “Deja de estar triste: dinos lo que quieres y nosotros te lo daremos”. “Querría tener buena vista” dijo el hombre. “Pues tendrás la mía” le respondió el búho. “Quisiera ser muy fuerte” dijo el hombre, y el jaguar le contestó “Serás tan fuerte como yo”. Así, todos los animales del bosque le fueron dando al hombre todo lo que podían hasta satisfacer todos sus deseos. Cuando acabaron, el hombre se marchó.
“Ahora el hombre ya tiene todo lo que deseaba” dijo el jaguar “ya no estará triste nunca más”. “Te equivocas” respondió el búho. “He visto un agujero en el hombre, y es tan profundo que jamás conseguirá llenarlo: es eso lo que le hace infeliz.“
Por la mañana de un miércoles cualquiera de 1986, yo estaría sentado en un pupitre doble del aula de parbulario. Ya casi no recuerdo como era ni recuerdo tampoco quién se sentaba conmigo. En realidad, lo único que recuerdo eran el tacto y el olor de las ceras de colores. La sensación de destrozarlas contra el folio en blanco. Manchas salvajes de colores, líneas curvas y rectas, donde antes no había nada.
En clase, la maestra nos mandaba dibujar a nuestra familia o nuestra habitación, nos pedía que dibujáramos algo que hubiéramos hecho el fin de semana o en las pasadas vacaciones. Creo que todavía debo conservar alguno de aquellos dibujos por alguna parte. Aquella mañana de miércoles, sin embargo, la maestra tenía una recomendación mucho más enigmática: el tema era libre, podíamos dibujar lo que quisiéramos. La clase parecía contenta.
A mi alrededor, mis compañeros empezaban a estrellar sus ceras contra los folios. Unas líneas primero, para definir los contornos. Después los colores de relleno y algo de fondo. Quizá incluso algo de perspectiva. Después de unos minutos ya podía reconocer lo que estaban dibujando algunos. Mi compañero de pupitre dibujaba un coche. El de delante hacía algo parecido a un perro. Ante mi, sin embargo, se imponía el inmenso precipicio del folio. Yo, que siempre había procurado acatar el tema propuesto, ajustarme a la pauta, no salirme de los bordes, me enfrentaba ahora a la incertidumbre. ¿Qué dibujar?
Pasaron los minutos y las ideas hervían en mi cabeza. Quise pintar un tanque, una casa, un caballo, un paisaje montañoso, un platillo volador, pero estaba paralizado por la inseguridad. ¿Qué hacer? Al fin y al cabo estaba libre del yugo del encargo. Libre para hacer lo que quisiera. No tenía que limitarme a los manidos clichés de siempre. Nada de familia ni de vacaciones. Ya no era un esclavo y podía dibujar lo que quisiera. Lo que siempre hubiera querido dibujar, podía hacerlo ahora. Un dragón de varias cabezas, un castillo o un barco. Tenía cientos de ideas brillantes, pero ¿cuál de ellas escogería?
Acerqué la cera al folio sin saber bien por dónde empezar. Comencé a trazar una línea horizontal de lado a lado, luego una línea curva. Luego me detuve a mirar. No tenía ni idea de qué estaba haciendo. ¿Qué diablos era aquello? Los minutos pasaban y ya no sólo me enfrentaba a la incertidumbre, sino también al tiempo, y por lo tanto al miedo.
Confiaba en que aquellas líneas abstractas, fruto del azar, me dictaran alguna norma, pero aquellos garabatos no dictaban nada. Aquello no se parecía a nada conocido. Hice otra raya más, que con la anterior podían parecer la silueta de un hombre. Traté de terminar la figura como pude. Era un hombre caminando. Bueno, más o menos. Luego dibujé un sol con una sonrisa y unas nubes para completar un poco el asunto. Apenas pude terminar, porque me había pasado toda la hora en blanco. Mi dibujo era sin duda el peor de todos.
La profesora se acercó con mi trabajo en la mano. Me preguntó qué era. Me preguntó porqué lo había dibujado. Yo era un manojo de nervios. Empezó a dolerme la barriga. No sólo había tenido que resolver aquella papeleta sino que ahora encima tenía que justificarla. Mierda. Le dije que no sabía. Me preguntó si estaba contento con mi dibujo. Joder, yo sabía de sobra que no era lo mejor de mi mismo, pero ¿qué quería que hiciera con tan pocas directrices? Me había obligado a saltar al vacío, sin red, y bastante era ya con que hubiera conseguido terminar algo como para exigir que fuera consistente. Me eché a llorar y le dije a la profesora que qué quería que hiciera, si no me había dicho qué tenía que dibujar, que me había pasado toda la hora pensando qué hacer y que luego no me había dado tiempo a hacer nada decente.
Por la tarde, al salir del colegio, fui con mi padre a la explanada que hay al lado del puerto. Habían instalado allí el Gran Circo Italiano. Fuera de las carpas se podían ver todo tipo de animales. Unas llamas, un elefante y hasta una cebra. Aquello era una pasada. Me hice una foto encima del elefante y otra sujetando a un chimpancé. Mi padre me acercó a una especie de atracción en la que unos ponis giraban atados a una noria. Me subió a uno de los ponis y me agarré fuerte de las crines. Aquel bicho estaba caliente y olía mal. En realidad no era como yo me esperaba. Aquello no tenía nada de la gracilidad de un corcel. Era rechoncho y pestilente. Un gitano con dientes de oro se colocó de pié a mi lado y me sujetó de la cintura. Olía aún peor que el caballo. El animal empezó a moverse con torpeza, arrastrando los cascos cansadamente sobre el barro. Pasó un rato y después el gitano me bajó. Mi padre me preguntó si me había gustado y yo le dije que mucho, pero en realidad me había decepcionado.
Entramos a la carpa y vimos el espectáculo del Gran Circo Italiano con sus tres pistas. Los payasos, los malabaristas, los domadores y toda ese rollo. Cuando terminó ya era de noche. Al acercarnos a la salida vi cómo el gitano desenganchaba a los ponis y los iba metiendo en un redil. Allí dentro, ya sueltos, los ponis empezaron a colocarse uno detrás de otro y continuaron caminando en círculos.
No es fácil enfrentarse con el vértigo al vacío, amiguitos, pero peor es caminar en círculos.