viernes, 4 de junio de 2010

LAS ALUCINANTES AVENTURAS DE BILL Y TED


Yo tendría unos ocho años. Fue antes de que construyeran el parque que hay al lado de mi casa. Antes allí había un descampado, un terraplén baldío que había sido conquistado por la maleza, o quizá, más correctamente, que aún no había sido arrebatado por la ciudad. Por alguna razón ese espacio se había quedado muerto, en el medio de dos grandes bloques de edificios. Había bastante pendiente, entre mi calle y la de abajo, y el lugar estaba cerrado con un perímetro de vallas de aluminio para evitar que la gente entrase allí y se despeñase entre las rocas, sin embargo muchas de las vallas habían sido reventadas y los chavales del barrio a menudo se colaban por los agujeros.

Si las circunstancias hubieran sido otras jamás habría entrado allí y jamás me habría ocurrido nada de lo que me ocurrió, pero la casualidad quiso que mi videoclub estuviera justo en la calle de abajo, a la misma altura que mi casa, pero en la calle de abajo, de modo que cruzar por allí era un atajo considerable, comparado con dar toda la vuelta hasta el final de la calle.

Entraba por una esquina donde la chapa de aluminio estaba cedida. Daba a una vía abierta entre la maleza, por la que el tránsito de los peatones había marcado un camino difuso. Recuerdo especialmente una rampa de piedra que tenía una pendiente de varios metros y había que bajarla por las malas, a fondo perdido, sin nada a que agarrarse. El polvo y la arena la hacían peligrosamente resbaladiza y cuando llovía era aún peor. He llegado a ver verdaderas cascadas de agua bajando por aquel tramo. A la vuelta resultaba prácticamente imposible de trepar, y menos aún con una cinta de VHS en la mano.

En primavera, cuando los días son más claros, era un placer cruzar por allí a media tarde, aunque nunca dejaba de ser un lugar inquietante, sembrado de jeringuillas, condones usados, compresas y jirones de ropa, en el que el peligro parecía acechar agazapado en cada esquina. Desde que cruzabas la valla, y conforme te ibas adentrando en la maleza, ibas dejando atrás el sonido del tráfico hasta que apenas se escuchaba nada, y el solar se convertía entonces en un lugar silencioso e inmóvil. A veces, entre los árboles, encontrabas los restos de algún campamento de vagabundos: latas de conservas, mantas sucias y a menudo sus heces decoradas con pañuelos de papel arrugados. Luego, más adelante, entrabas en una zona oscura, en la que las copas de los árboles se cerraban y apenas dejaban pasar la luz entre las hojas. Cuando te cruzabas por allí con alguien que subía, bajabas la mirada a su paso, sin saludar siquiera, con una complicidad clandestina que obligaba al silencio. Era al final de aquel pasillo cuando llegabas a la rampa, y a partir de entonces, cada paso en falso hacia la derecha o hacia la izquierda podía terminar con tu cuerpo entre las zarzas, hasta llegar al final, donde el camino se pegaba al edificio colindante y hacía una curva más ancha, donde se acumulaba la basura que los vecinos tiraban desde los balcones.

A pesar de todo este panorama tan hostil, uno cruzaba por allí despreocupado y decidido, hasta que alguna señal desplegaba una alerta. Algún movimiento entre los matorrales, quizá una rata, quizá un yonki preparándose un chute, y de pronto entendías que eras un chaval desvalido y que estabas en el punto más vulnerable de la ciudad, a expensas de atracadores y asesinos. Apretabas el culo y apurabas el paso, pero pensabas también que si resbalabas por la rampa, caerías sin remedio en las zarzas y te golpearías contra las rocas, y nadie escucharía tus gritos de auxilio, y sería prácticamente imposible que te rescataran y morirías sin remedio con una película alquilada todavía sin ver.

Aquel día, sin embargo, no era una tarde idílica de primavera, sino más bien una mañana oscura de invierno. El cielo estaba completamente encapotado y la luz lo teñía todo de color gris. La tierra se había convertido en barro y el camino en un verdadero arroyo. Hice todo el camino hasta la rampa y me agaché para bajarla agarrado a las rocas. Descendí con cuidado, llenándome las manos de tierra mojada y empapándome los bajos de los pantalones. Seguí hasta la curva llena de basura y al pasar por allí, justo un metro delante de mí, cayó desde los balcones un bulto enorme que casi me aplasta. Era un niño. Un niño de mi edad. Se quedó tumbado boca abajo, inmóvil ante mí, con la cabeza hundida en el suelo. Miré hacia arriba y todo estaba igualmente inmóvil. No había nadie asomado a los balcones. Volví a mirar el cuerpo del chico. El barro a su alrededor empezó a oscurecerse y en los charcos de agua se mezclaron con la sangre. No se escuchaba absolutamente nada. No había sirenas de ambulancias, ni de policía. No había nadie alrededor. Sólo el silencio y la más absoluta normalidad. Me quedé allí de pié como un idiota durante por lo menos un minuto. No sabía qué diablos hacer. Después volví a mirar alrededor. No había nadie a quien recurrir. Yo era solo un niño y era la primera vez que veía un cadáver, y sin embargo, no estaba asustado, sino más bien preocupado por lo que debía hacer. ¿Tenía que gritar? ¿Ir corriendo a la calle y llamar a un policía? ¿Tendría que acompañarle hasta aquí y explicarle cómo pasó todo? ¿Tendría que responder a un millón de preguntas? Me agobié hasta el extremo que decidí continuar mi camino como si nada.

Entré en el videoclub y dije buenos días. Estuve un cuarto de hora paseando entre las estanterías. Alquilé una película y volví a salir. Esta vez, para volver a casa, dí todo el rodeo hasta el final de la calle. Entré en casa y me puse a ver la película. Era Las alucinantes aventuras de Bill y Ted.

sábado, 6 de marzo de 2010

EL ROBOT QUIERE A LA CHICA

Para cuando la nave interestelar Ventura abandonó la órbita de la Tierra, todo el planeta miraba con esperanza el lejano punto de la galaxia al que se dirigía. Los pocos que se congregaron en torno a la nave antes del despegue sintieron un escalofrío indescriptible, conscientes de estar presenciando un episodio de la Historia, aunque sus ojos apenas pudieron creer que un inmenso bloque de acero de aquellas dimensiones pudiera ascender en el cielo, casi flotando y con tanta gracilidad que ninguna explicación científica podía disipar la sensación de que se trataba de un milagro. El gigantesco aparato se convirtió en un puntito cada vez más pequeño, hasta que desapareció tras las nubes, dejando a toda la humanidad triste y abandonada, aferrada solo a una borrosa esperanza.

La nave interestelar Ventura está diseñada exclusivamente para una única misión: un viaje de treinta meses hasta unas coordenadas situadas en medio de ninguna parte. Un lugar al que ni siquiera puede llamarse lugar, porque allí no hay nada: sólo es una serie de números en una pantalla de ordenador. Para un viaje de dos años y medio, el interior de la nave ha sido equipado con todas las comodidades propias de un hotel de lujo: hay un gran salón comedor con una larga mesa de caoba, coronado por una impresionante lámpara de araña; un gimnasio con baño turco y bañera de hidromasaje, además de una equipada cocina de última generación. Tanto los pasillos como las habitaciones están decorados con exquisitas maderas y molduras de escayola, y el papel de las paredes, de detalles versallescos, los estucos o las empuñaduras de bronce dan a todo el habitáculo un estilo refinado, que casa a la perfección con los mármoles, esculturas y jarrones que completan la decoración.

A pesar de que el habitáculo está preparado para albergar a una tripulación de más de veinte individuos, la nave interestelar Ventura cuenta solamente con un único tripulante: la teniente Carmen. Ella es la única que recorre las amplias estancias del interior, sola y en silencio, debido a las características de la misión que le ha sido encomendada: la suya será la primera incursión humana fuera de los confines del Sistema Solar, y el resto de la tripulación de la nave debe permanecer en estado de animación suspendida hasta que el recorrido esté a punto de completarse. Una vez cercanos al punto de destino, los otros 19 tripulantes serán reanimados y ocuparán sus puestos para continuar la misión. La mitad de ellos se establecerá en una estación que se desacoplará de la estructura principal y se quedará orbitando en torno a las coordenadas, mientras la nave Ventura alcanza una nueva posición.

Pero la teniente Carmen no está exactamente sola: la acompaña un androide de asistencia, llamado Sebastián, que está encargado de todas las tareas de mantenimiento a bordo. No sólo es su secretario personal: el androide ha sido programado expresamente para servir de compañía a la teniente durante los largos años que durará el viaje. Mientras la teniente se concentra en el gobierno de la nave, el androide Sebastián se encargará de su alimentación, de su vestuario, de la limpieza de las estancias y de organizar su trabajo, pero también de amenizarla en los momentos de esparcimiento. Está preparado para cubrir todas las posibles necesidades que pueda tener.

Cada mañana prepara el desayuno, normalmente un café con tostadas y un zumo de naranja, y lo sirve en el comedor justo a tiempo para cuando ella ha terminado de asearse. Cuando ha acabado de desayunar, recoge los platos y se encarga de limpiarlos. La teniente presenta el informe del día en una videoconferencia con el control de Tierra mientras él ya comienza a recoger el camarote, hacer la cama y meter la ropa en la lavadora. Y así durante todo el día, hasta que la teniente termina su jornada de trabajo.

Es entonces cuando más recurre a la compañía de Sebastián. La teniente intenta, dentro de lo posible, disfrutar de su escaso tiempo de ocio: a veces se da un baño o hace un poco de deporte, otras veces ve una película o se informa de la actualidad en la Tierra, pero casi siempre mantiene conversaciones con el androide. El propio control de la misión aconseja esta práctica para conservar un ánimo y una mentalidad saludable, dadas las escasas vías de socialización a bordo. La teniente y el androide hablan de las cosas más variadas. La teniente le cuenta su infancia en la Tierra, le habla de sus sentimientos e incluso le revela secretos. Le gusta tenerle como confidente y poco a poco se va acostumbrando a su compañía hasta el punto de considerarle un amigo. Y no es en absoluto descabellada esta consideración, puesto que ya aparece contemplada en el informe psicológico que prepararon para la teniente al comienzo de la misión: es normal que a con el paso de los meses ella comience a sentir que forja una amistad profunda con el androide y, lejos de evitarla, resulta positivo dar rienda suelta a este sentimiento, ya que el propio androide está preparado para ello. Su compleja programación está diseñada para ir conociendo a la teniente a medida que vaya avanzando su relación con ella y además está dotado con amplios bancos de datos que le convierten en un excelente conversador. En cualquier caso, lo que la teniente Carmen más aprecia de él no es su conversación, sino su insólita capacidad para escuchar y entender lo que dice, haciendo que se sienta confiada y comprendida. De hecho, de ser una persona, sería una de las personas con las que más ha conectado en toda su vida, y en el fondo lamenta que no pueda expresar emoción alguna, y que su amistad responda simplemente a una orden informática, y no a un sentimiento desinteresado.

Ahora, el androide acaba de terminar de guisar una pierna de cordero para la cena y la coloca en la delicada bandeja de porcelana, acompañada de patatas asadas con una salsa especial de manzana y miel. La teniente espera en la mesa, disfrutando de unos delicados entremeses y de una copa de buen vino. Han pasado ya muchos meses desde que abandonó la Tierra y la nave ya se ha convertido en su hogar y Sebastián en su mejor amigo. Mientras empieza a cenar, le pide a Sebastián que le haga compañía. La teniente sirve un poco más de vino y bromea preguntándole si quiere que le eche en su copa. Le pregunta qué le parece el vino y Sebastián bromea con ella, afirmando que le encantaría beberlo si pudiera: conoce a la perfección aquel Rioja oscuro y profundo, a pesar de no haber podido probarlo nunca. Conoce el trato que ha recibido la uva y la región en la que ha crecido. Conoce todo el proceso de fermentación y de maduración en barricas de roble. Sin embargo, jamás podrá paladear lo que dicen de él, ese vigor en el primer contacto, ese sabor afrutado y definido en la boca, ni ese aroma a tierra y bosque.

La teniente Carmen ríe y se divierte mucho con la conversación. La pata de cordero está deliciosa y a cada bocado se ve impulsada a hacer un cumplido a Sebastián por sus excelentes dotes culinarias. La botella de Rioja ya está a medias y la conversación le resulta cada vez más divertida. El androide Sebastián, lejos de resultar indiferente, también parece divertirse mucho y cada vez domina mejor la ironía y las sutilezas del humor. La teniente intenta enseñarle a Sebastián una canción y le hace mucha gracia el sorprendente talento del androide para la música. Cuando terminan la estrofa, la teniente aplaude y coge la mano de Sebastián.

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Durante una centésima de segundo, esta secuencia de ceros y unos apareció clara y reveladora en la pantalla del procesador del androide y después desapareció. En algún momento de su recorrido, el flujo eléctrico que alimenta su sistema había dado lugar a aquel mensaje inesperado. En la maraña de datos que recorren sus entrañas a cada segundo, entre los miles de archivos borrados, recomprimidos y desfragmentados, entre las largas ristras de código fuente, había surgido aquella azarosa sucesión de cifras, aparentemente inservible, pero que de modo inverosímil había cobrado un sentido. Aquel código era, quién sabe ya si por casualidad o no, la expresión binaria de un sentimiento. La ecuación, lejos de ser compleja como cualquiera habría esperado, era tan simple, tan básica, que no cabía dentro de ninguna lógica, pero el hecho, al margen de la teoría, es que sin duda era amor lo que vibraba en los circuitos del androide Sebastián.

La teniente Carmen se levantó de la mesa, todavía riendo y se despidió del androide. Antes de retirarse a su dormitorio le dio un fuerte abrazo. Hacía cientos de días que no sentía contacto con ningún ser humano y aquel abrazo no podía apetecerle más. Aquella noche, Sebastián no supo cómo interpretar aquella nueva sensación, si es que podía calificarse como tal. Le daba vueltas constantemente a aquel código, repasaba sus archivos de memoria, buscando de dónde podía haber surgido, y al día siguiente, mientras llevaba a cabo sus tareas, tenía siempre en marcha aquel proceso mental latente. Pasaban los días y Sebastián seguía acompañando a la teniente Carmen, que se mostraba con él cada vez más simpática.

Conforme iba avanzando el viaje, más estrecho era el vínculo que los unía, y cuando la teniente se acostaba por la noche en su dormitorio, el androide permanecía encendido, repasando una vez más sus archivos, reproduciendo las conversaciones, los encuentros, las situaciones, y cualquiera diría que estaba intranquilo si eso pudiera decirse de un robot. Lo cierto es que Sebastián sabía bien que su consciencia y cada uno de sus procesos eran para la teniente y descubrió que encontraba cierta satisfacción en el hecho de cumplir correctamente con la misión para la que estaba programado. A veces, procesaba nuevas conversaciones o pensaba alguna broma para el día siguiente. Y así fue como transcurrieron los dos primeros años de la misión, hasta que llegó la fecha en la que el resto de la tripulación debía ser reanimada.

Ese día, la teniente desayunó un té y un pedazo de tarta de manzana. Estaba nerviosa e ilusionada, no ya por el hecho de volver a reunirse de nuevo con seres de su misma especie o de compartir por fin con humanos su estancia en aquella nave solitaria, sino simplemente por tener una tarea distinta en su jornada monótona y mecanizada: ahora comenzaba la segunda fase de la misión y no podía sentirse más emocionada. A Sebastián le gustaba verla así de contenta y hubiera dado muestras de ello si no fuera por su expresión impasible y su tono de voz átono. Le hubiera gustado darle un abrazo y compartir con ella esa alegría, pero lo más que pudo hacer, mientras recogía la mesa, fue responder a un comentario de la teniente diciendo “me alegra mucho que esté usted tan contenta”. La teniente le miró con una sonrisa amplia y le acarició la mejilla con un gesto de ternura.

En el fondo de aquel gesto reposaba una extraña mezcla de sensaciones, de saber que el androide está programado para actuar así, de saber que sus sentimientos no eran reales, y a la vez de la contradicción de creer en ellos, de saber, en cierto modo, que de algún modo eran ciertos y tan auténticos como los suyos mismos. Una copa se resbaló de la mano del androide Sebastián, en un error prácticamente inconcebible para una máquina. El androide vio los trozos de cristal en el suelo sin explicarse cómo podía haber ocurrido, cómo podía no haber aplicado la presión correcta en los dedos o no haber sujetado el objeto de forma adecuada. La teniente Carmen se agachó y recogió los cristales. Ninguno de los dos se percató, pero en aquel momento, el androide había incumplido una norma básica de su programa.

Los dos bajaron a la bodega y comenzaron las tareas de reanimación de la tripulación. Esa noche, la nave contaba ya con 20 tripulantes humanos y las tareas de Sebastián se multiplicaron sensiblemente. Aunque los recién despertados tenían que pasar una fase de adaptación, a la hora de la cena organizaron un pequeño festejo. La teniente Carmen se mostraba encantada de tener por fin invitados y sus nuevos compañeros ardían en deseos de conocer todos los detalles que ella pudiera proporcionarle sobre la vida durante su ausencia. Todos permanecieron despiertos hasta tarde. Sebastián estuvo prácticamente todo el tiempo en la cocina o sirviendo a los comensales.

A partir de ese día, la teniente no volvió a mantener aquellas conversaciones con Sebastián. La jornada estaba ahora salpicada por un febril ajetreo de personas y el ambiente íntimo que se había fraguado durante todos aquellos meses había desaparecido sin dejar rastro. La teniente hablaba con Sebastián con normalidad y hasta hacía alguna broma cómplice. Alguna vez, en algún descanso, le animaba a cantar alguna de las canciones que le había enseñado para diversión de los demás tripulantes, pero lo cierto es que ya no acudía a él como refugio de su intimidad.

Cuando todos se iban a dormir, Sebastián procesaba millones de datos por segundo. Repasaba los archivos del día, revisando una y otra vez el comportamiento de la teniente. Rescataba los archivos de sus antiguas conversaciones. Volvía a aquella cena de cordero y de Rioja y evocaba de nuevo en su procesador aquel intenso código.

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Sebastián no entendía cómo era posible que aquella ecuación pudiera mutar, pero poco a poco, cuanto más tiempo pasaba, más percibía en el nuevo comportamiento de la teniente una cierta indiferencia hacia él y cuanto más tiempo dedicaba a pensar en esto más mutaba la ecuación original y la sensación que había analizado por primera vez en aquella cena ya no era la misma que procesaba en la actualidad. Y lo cierto es que ya no era solo el amor lo que vibraba en los circuitos del androide.

Aquella noche era la última antes de que la nave alcanzara su destino y se organizó una gran fiesta. Sebastián preparó de nuevo cordero. De nuevo sirvió Rioja. La teniente Carmen se puso de nuevo contenta, pero ya no se reía con Sebastián, sino con todos los compañeros. Todos se pusieron a contar cosas y la gente se iba animando conforme avanzaba la cena. Uno de los oficiales reía con la teniente: al parecer eran de la misma ciudad y había varias coincidencias más en su vida. La teniente se mostraba encantada con aquella conversación. El androide Sebastián está preparado para mantenerse discretamente al margen cuando nadie solicita su servicio, pero observa toda la situación sin saber bien a qué formula algebraica aplicar para analizar todo aquel proceso. Fue extraño para él computar el hecho de que jamás podría ser de la misma ciudad que la teniente y que nunca podría haber coincidencia alguna en sus vidas.

La fiesta se alargó bastante, pero el día siguiente era un día importante, así que la gente se fue recogiendo. Al final, solo quedaban la teniente, el oficial y Sebastián. El androide terminó de recoger la mesa y se retiró a la cocina a limpiar los platos. Desde ahí escuchó alguna vez más la risa inconfundible de la teniente y el sonido hacía que brotaran solos sus archivos de memoria, cuando era él la que la hacía reír así. Al terminar, la teniente y el oficial ya se habían retirado del salón y se despedían en las puertas de sus camarotes. Sebastián no paró de procesar en toda la noche.

Sabía perfectamente que al día siguiente, en pocas horas, se terminaría su misión. La teniente Carmen se uniría a algunos tripulantes y abandonarían la nave para instalarse en una estación anexa, que se desacoplaría de la estructura principal para tomar un camino diferente. A partir de ahí la nave Ventura se apartaría para alcanzar otra posición y él se quedaría en ella con el resto de la tripulación. Lo más probable es que no volviera a ver nunca a la teniente Carmen.

Lo que no sabía Sebastián es si ella sentiría remotamente algo parecido, si ella tan siquiera se habría dado cuenta de esto, si de algún modo le hubiera gustado volver a verle o si simplemente aceptaba su separación sin que sus sentimientos se quebrantaran. Seguro que al día siguiente se despediría de aquellas estancias, de su asiento de mando y por supuesto tendría que despedirse de él, pero qué importaba aquello. Calibrando sus patrones de comportamiento era capaz de calcular una probabilidad inequívoca de que ella pensara que era absurdo sentir tristeza. ¿Qué iba a hacer, al fin y al cabo? Era la respuesta lógica, quizás emocionarse un poco en el momento, pero nada que fuera a alterar el desarrollo imparable de su vida. Conocía bien el pensamiento humano, que al fin y al cabo era la que le había concebido a él, pero también percibía aquella compleja ironía: ella, que le había expresado sus sentimientos más sinceros como nunca lo había hecho con ningún humano, se separaría de él y continuaría su vida, olvidando aquello que alguna vez había sentido; él, a pesar de ser una máquina programada, fría y metálica, no podría soportar la idea de perder a la persona a la que dedicó todos los procesos que ha ejecutado en su vida consciente.

Aquella noche Sebastián calculó una nueva posibilidad. Si introducía el código de acceso en el ordenador central de la nave, podría manejar el rumbo y dar orden de pasar de largo. No le sería complicado asesinar a los 19 miembros de la tripulación mientras dormían, de forma silenciosa y llevar sus cuerpos de nuevo a las arcas frigoríficas de la bodega de carga. Por la mañana, cuando la teniente despertase, volvería a estar a solas con él, y lo estaría para el resto de su vida.

Sin duda, el plan era una locura, y se daba perfecta cuenta de que la teniente se enfadaría con él en cuanto lo descubriera y que, si bien jamás iba a amar a un androide, menos aún al que había hecho fracasar la misión a la que había dedicado su vida, al que había asesinado a sus compañeros, al que la había dejado atrapada para siempre en una nave a la deriva. Se enfadaría, sí, pero al menos tendría la oportunidad de provocar de nuevo algún sentimiento en ella, algo que no fuera aquella dolorosa indiferencia que ahora percibía, algo que al menos le hiciera sentir de nuevo que ella sabía que existía. Quedarían los dos vagando sin rumbo, minúsculos en una minúscula nave, flotando en el inmenso espacio vacío, pero al menos estarían juntos.

El androide Sebastián volvió a rescatar aquel antiguo archivo de la cena con la teniente que tantas veces había reproducido. Volvió a recordar cómo ella le agarró de la mano. Volvió a recordar el momento en que se produjo aquel acontecimiento fatal. Volvió a recordar el código.

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El androide recorrió el largo pasillo y se encaminó al puente de mando, se conectó al ordenador central e introdujo una serie de 19 caracteres. CJW2OH51MNBLSCHILS3. Esta secuencia de letras y números aparentemente azarosas no significan nada en ningún idioma, y sin embargo esta palabra, si es que se la puede llamar así, es la más triste de cuantas habéis leído hasta ahora, porque estos caracteres, en este orden preciso sirven para formatear la unidad principal de su disco de memoria, y con ella todos los archivos quedarían borrados y jamás volverían a recuperarse, incluyendo aquella dolorosa serie de dígitos que le habían llevado hasta allí.

Mientras se ejecutaba la orden y su memoria se vaciaba, Sebastián pensaba en que al día siguiente, cuando la teniente se despidiera, no vería nada anormal en él, y efectivamente se iría y viviría su vida, pero a él ya no le importaría, porque jamás volvería a sentir nada por ella. Y nadie sabría jamás lo que alguna vez sintió.

domingo, 24 de enero de 2010

CUENTO DE NAVIDAD

Los bomberos tuvieron que trepar al tejado con una escalera, ante la mirada estupefacta de todos los vecinos, que contemplaron el proceso a lo largo de toda la mañana. Era un hombre anciano y muy gordo, con una larguísima barba plateada. Iba vestido con un ridículo traje de felpa roja y un gorro a juego con un pompón de espumilla blanca. No hablaba castellano y decía llamarse Claus.

Al principio pensaron que se trataba de un ladrón, dado que llevaba un enorme saco cargado de cosas, pero al poco rato entendieron que era lo contrario: el tipo intentaba meter aquel todo aquello por la estrecha chimenea. Ignoran como un anciano de edad tan avanzada consiguió trepar al tejado con una carga tan pesada. Parece que una vez arriba introdujo las dos piernas por el hueco de la chimenea y se deslizó hasta la cintura, pero no consiguió pasar de la barriga y se quedó atascado, sin posibilidad de moverse hacia arriba ni hacia abajo. Pasó allí toda la noche hasta que, por la mañana, un vecino alarmado decidió llamar a las autoridades.

Hubo que desmontar toda la chimenea y cuando la policía se lo llevó arrestado la gente empezó a abuchearles. El hombre se mostró muy dócil durante los interrogatorios, pero no respondió ni una sola pregunta. El jefe de policía dijo en la rueda de prensa que sospechaban que no se trataba de un loco, sino del verdadero Papá Noël. Cuando los periodistas le preguntaron en qué se basaba, él respondió que, cuando le detuvieron, el hombre le dio un paquete. Dentro había una PlayStation3 ...y eso era justo lo que él había pedido.

miércoles, 30 de diciembre de 2009

UN DIA DE SUERTE

Ya pasaban de las cuatro y el único sitio con comida resultó ser una de esas hamburgueserías grasientas del centro. Me senté en una de las mesas a comerme la hamburguesa, las patatas y el refresco, y miraba a mi alrededor como si realmente hubiera aterrizado en otro planeta. Es alucinante que la evolución de los acontecimientos nos haya llevado desde los tiempos de las cavernas a concebir estos lugares. Es divertidisimo. Desde cualquier rincón puedes observar a gente de índoles dispares, afanándose en frenéticas tareas, como quien observa la actividad en un hormiguero.

Mientras mordía la hamburguesa, entretenido con esta visión, un señor enorme se sentó a mi lado y se puso a comer como si no hubiera mañana. Realmente engullía la hamburguesa. Quiero decir que se metía pedazos enteros directamente en el gaznate, y proyectaba migas de pan por las comisuras de la boca como si fuera un jodido dibujo animado. De pronto me sobresaltó la voz aguda y directa de un niño pequeño. Efectivamente, se trataba de un sujeto de unos siete años que me miraba con los ojos tan abiertos que parecía pensar que vería más cosas cuanto más los abriera.

“¿Qué dices chaval?” “Que si me da usted la pegatina.” “¿Qué pegatina?” “La que viene con el refresco.” “Claro, chaval, tómala.” Arranqué la pegatina del refresco y se la pasé. El niño se fue corriendo, poseído por una convulsión histérica. Se arrojó al suelo y se puso a rascar la pegatina frenéticamente. Al angelito le hacía ilusión el regalito de las hamburguesas. Ojalá a mi pudieran hacerme feliz tan fácilmente. Claro, chaval, sé feliz con tu pegatina. Me encanta hacer sonreír a un niño.  

Yo todavía no había dado otro mordisco a la hamburguesa cuando el niño se puso a chillar, como si hubiera entrado en un trance diabólico. Saltaba y saltaba con la pegatina en la mano. “Si, si, si, si, premiooooo.” Gritaba. Joder, si que le gustaban al niño los muñecos que regalaban con las hamburguesas. Terminé mi comida mientras el niño alborotaba todo el local. No dejaba de gritar y los adultos empezaban a arremolinarse a su alrededor. Me levanté a devolver la bandeja, pero de repente sentí una descarga helada en la columna cuando leí el anuncio en el salvamanteles de papel chorreado de Ketchup. De pronto lo entendí todo. Entre los surcos de grasa y las manchas de salsa se leía en letras grandes y doradas “Gane 300.000 euros”.

El hijo de puta del niño acababa de ganar 300.000 euros con mi puta pegatina. Era mi refresco, era mi pegatina, era mi premio, y aquel chaval era un hijo de puta que me había engañado. Yo pensaba que el crío quería un robot o alguna mierda de esas, pero el muy usurero quería la pasta. Hay que ver cómo de cabrón puede llegar a ser un niño. El pequeño bastardo me había tomado por imbécil. Corrí hacia él verde de furia. Rompí la primera capa de personas que le rodeaba y aún tuve que apartar algunos hombros más antes de poder agarrarle. Le cogí de las solapas y empecé a zarandearle en el aire. Le grité “hijo de puta, eres un hijo de puta, esa era mi pegatina.” La gente se apartó unos pasos instintivamente. El niño me miró estupefacto. Tenía la cara crispada como si la estuviera sacando por la ventanilla de un coche. Estaba paralizado de terror y tardó unos segundos en levantar la mano temblorosa para devolverme la pegatina. Con un hilo de voz que surgía del fondo de su estómago masculló un “lo siento, perdone, yo…”. Miré la pegatina y leí el mensaje que venía escrito. “¡Has ganado un helado!”.

Solté al niño de las solapas y le coloqué un poco la cazadora. Me giré y vi unas veinte miradas perforadoras clavadas en mi. El local entero se había quedado en silencio. Tranquilamente caminé hasta la barra y le pedí el helado al camarero.

miércoles, 23 de diciembre de 2009

LA ANOMALÍA

Ya sabéis como empiezan siempre estas cosas, de la manera más anodina, cualquier mañana aburrida de Noviembre. Seguramente la primera señal se detectó en un laboratorio cualquiera, por una leve variación en las lecturas. Seguramente alguna aguja empezó a oscilar en algún aparato, marcando el valor que no debía, y seguramente el becario que estaba encargado, al ver que no le cuadraban las cuentas, fue a alertar a su superior, temiendo haberla cagado en algo.

Al superior se le debió caer el cigarro de la boca al leer aquellas cifras y seguramente llamó a sus colegas para cotejar los datos y los colegas empezaron a mearse en los pantalones. La comunidad científica al completo escupió el café mientras los números bailaban en sus calculadoras. Para cuando se empezó a investigar seriamente el asunto, la Humanidad entera había fijado ya su atención en aquel punto lejano de la galaxia, aquel lugar oscuro en medio de ninguna parte que se dio a conocer como La Anomalía.

Una porción de nada en el centro de la nada más inmensa. Un puñetero puntito en medio del puñetero Universo, idéntico a todos los demás puntitos, pero jodidamente distinto: un tumor espacial en el corazón de la galaxia.

Nadie entendía nada de lo que estaba pasando, y mucho menos los científicos. ¿Cómo podían explicar algo tan complicado a toda una Humanidad histérica que no entendía una mierda de física? La gente ni siquiera sabía lo que ocurría en su propio planeta y de repente tenían la vista puesta al otro lado del Universo. Por si no se sentían ya suficientemente pequeños, de pronto se dieron de narices con el infinito. Ignoraban porqué de repente era tan importante aquel jodido lugar, si es que se le puede llamar lugar al puñetero vacío, y todo que alcanzaban a entender es que, a millones de años luz, aquella inmensa porción de espacio, más grande que cien planetas, les estaba tocando los cojones a escala cósmica. Y tampoco les hacía falta entender mucho más.

El problema, efectivamente, no era que los números bailasen ni que nadie entendiera nada, sino el estado de incertidumbre general en el que quedó sumida toda la población de la Tierra días después del descubrimiento de la Anomalía. La gente continuó con sus rutinas, como si nada y, aunque el tiempo mitigó sus preocupaciones, dejó sus almas marcadas por una desazón punzante. Nadie hablaba del asunto, para no pensar en ello, y hasta parecía que todo aquel angustioso episodio no había llegado a ocurrir nunca, pero en el fondo sabían que aquel lejanísimo cáncer invisible seguía flotando impasible sobre sus cabezas.

Nadie puede saber con seguridad si los efectos de la Anomalía existían ya antes de su descubrimiento, pero desde luego, a partir de que la noticia se hiciese pública, las consecuencias fueron devastadoras. Al principio, todo el mundo pensaba que aquello sólo les estaba ocurriendo a ellos y tardaron mucho tiempo en comprender que la tristeza que había invadido sus pensamientos era en realidad un fenómeno generalizado.

La angustia que provocaba aquel enigmático lugar vacío se difundió por todo el mundo. Los síntomas podían apreciarse a simple vista, en los hombros caídos, en los andares vagos, en la mirada perdida. La angustia provocaba vértigo y el vértigo generaba ataques de ansiedad y hasta de pánico. Algunos apenas conseguían conciliar el sueño. Aquella enfermedad sutil parecía haberles contagiado a todos, como si aquel vacío que flotaba en medio de la nada se hubiera instalado también en sus corazones. La Humanidad entera se sintió desamparada y sola, sin suelo bajo los pies y, como una imparable epidemia, se extendieron por todo el planeta unas inexplicables ganas de llorar.

miércoles, 16 de diciembre de 2009

LA CABINA

Yo debía rondar los doce años y si por aquel entonces me hubiera visto a mi mismo hoy en día estoy seguro de que no me habría reconocido. En aquella época todavía no había comenzado la fiebre de los teléfonos móviles y la gente era amiga de las cabinas telefónicas. ¿Os acordáis? Ahora ya casi no quedan, diablos. Cuando buscas una estás perdido.

Al lado de mi portal solía haber una de esas con puertas plegables, en las que tenias que entrar. En fin, una cabina de verdad, porque las otras técnicamente ni siquiera son cabinas. Estaba en la esquina, justo en la entrada de unas escaleras que se volvían oscuras y peligrosas durante la noche. Generalmente, la cabina amanecía con los cristales rotos y llena de pintadas y era común encontrarse el cable roto, colgando, y el auricular tirado por el suelo. El interior olía a urinario público y nunca me quedó muy claro si eran solo los perros los que meaban allí. Rara vez funcionaba pero, aún así, recuerdo haber hecho muchas llamadas desde aquel pequeño compartimento.

Después vi El Doctor Who y El viaje alucinante de Bill y Ted, en las que los personajes viajaban en cabinas telefónicas, y el interior metálico de aquel cacharro comenzó a ganar encanto en mi imaginación. El cristal traslucido por la pintura de los graffitis y por la publicidad pegada y rascada un millón de veces, y aquellas instrucciones cubiertas por un plástico húmedo, siempre rallado con llaves o quemado con mecheros, que indicaba los prefijos de todas las provincias, último vestigio de una época remota en la que había que marcar los prefijos a parte. Una vez conseguí unas monedas extranjeras que pesaban lo mismo que las de veinte duros y la gente las usaba para colarlas en las máquinas. Pensaba que podría hacer miles de llamadas, pero nunca funcionó.

Una mañana, un tipo del vecindario se tiró por el balcón de su casa y aterrizó justo encima de aquella cabina. Yo aparecí justo después de que se llevaran el cadáver, así que no llegué a verlo, pero si vi el maltrecho esqueleto metálico de la cabina, abollado y comprimido, como un acordeón abstracto, con los cristales reducidos a millones de pequeños pedacitos que se extendían por toda la acera, hasta los zapatos de los curiosos que rodeaban la escena. La policía echaba serrín por el suelo para absorber los restos de sangre.

Al parecer, el hombre había preparado café, pero saltó antes de tomárselo: lo retiró del fuego y lo dejó sobre la mesa, sin servir. A un lado encontraron un papel y un bolígrafo, pero no había nada escrito. No se le habría ocurrido qué poner. O quizá se le ocurrieran demasiadas cosas como para ponerlas todas.

Recuerdo que pensé que si las cosas me fueran tan mal como para querer morir, antes de suicidarme me fugaría. Uno siempre tiene tiempo para dejarlo todo y empezar una nueva vida en otro lugar. Ahora me doy cuenta de lo cándido que era entonces y de lo limpio que estaba todavía mi pensamiento. Ignoro cuando empezó a ensuciarse todo, ni cuando se volvió la vida tan complicada, pero ahora entiendo que hay cosas de las que uno no puede huir por muy lejos que se vaya.

A la mañana siguiente, cuando pasé por allí, los servicios de limpieza ya habían limpiado todo aquel desastre. Ya no quedaban restos de cristales rotos ni manchas de sangre en el suelo. Los operarios de la compañía telefónica retiraban los restos retorcidos de la cabina y procedían a instalar una nueva. Cuando volví de la escuela, en el lugar ya no quedaba nada que recordara aquel macabro incidente y la nueva cabina relucía bajo la luz rojiza de la tarde. Un hombre mantenía una conversación dentro, tan tranquilo, ajeno a todo lo que había ocurrido allí tan solo unas horas antes.

La nueva cabina permaneció en servicio muchos años, como un monumento secreto al suicida desconocido. Creo que yo no volví a usarla nunca y si os hablo ahora de ella es porque, en algún despacho de algún organismo del estado, algún político decidió remodelar la vieja esquina y la entrada de las viejas escaleras, así que esta mañana, sin previo aviso, los trabajadores empezaron a romper el suelo y levantaron la cabina con una grúa. Yo me quedé mirando junto a algunos jubilados, pero tenía la sensación de que, de toda aquella gente, yo era el único que entendía lo que estaba pasando allí. 

jueves, 26 de noviembre de 2009

QUE OS JODAN, HIJOS DE PUTA

Parece ser que el anciano estaba ya muy mal cuando recibió la última visita del promotor inmobiliario, que se presentó en su casa sin más, con un traje elegante. El anciano le recibió en su lecho de muerte, prácticamente ciego. El hombre se acercó y le explicó que esta vez su oferta era mucho más ventajosa. Hablamos de mucho dinero. Entendía que hubiera preferido pasar su vida en aquella casa, pero ahora ya no tenía sentido negarse a vender. Había muchas familias jóvenes que esperaban tener la oportunidad de vivir en aquella zona. Tenía que pensar en ellos. Ahora que se acercaba el final, tenía la oportunidad de hacer lo correcto antes de abandonar el mundo. Eso le dijo, y le acercó el contrato a la cama y hasta le colocó un bolígrafo en la mano. Sintió el tacto de su piel vieja y fina como un pergamino. El anciano hizo lo posible por recostarse, entre toses. Con sus últimas fuerzas agarró el bolígrafo y lo apretó contra el papel. Trazó un garabato torpe y se lo pasó al promotor, después le cogió la mano y le dedicó una mirada mientras en sus ojos se extinguía la vida. El promotor le soltó la mano y miró el contrato. Al final del papel, en el hueco donde debería estar su firma, el anciano había escrito “Que os jodan, hijos de puta”.