jueves, 15 de octubre de 2009

TEMA LIBRE

Por la mañana, el folio en blanco y el bolígrafo reposan sobre la mesa del escritorio, impacientes, como si llevaran años esperando. Las herramientas básicas, el pico y la pala del escritor, son a la vez su salvación y su condena. La luz del sol se filtra a través de la persiana y proyecta formas irisadas sobre la superficie del folio. Ya sabéis, toda esa mierda.

Escribir no es difícil cuándo sabes qué decir. Lo dices y ya está. El problema es cuando no tienes ni idea de lo que quieres contar. Entonces, mirar al folio en blanco es como mirar a la cara a la propia muerte. No es fácil enfrentarse al vacío y mucho menos cuando está dentro de uno mismo.

El otro día escuché una leyenda india o algo por el estilo. Venía a decir lo siguiente:

En el bosque, todos los animales estaban congregados celebrando la llegada de la primavera. Todos eran felices menos el hombre, que estaba sentado a parte, empapado de tristeza, debajo de un árbol. Los animales se acercaron y le preguntaron qué le pasaba. “No nos gusta verte triste” le dijeron. “No soy feliz, porque la naturaleza ha sido injusta conmigo” dijo el hombre. “Vosotros podéis hacer muchas cosas, pero yo no puedo hacer nada”. El búho se acercó y le dijo “Deja de estar triste: dinos lo que quieres y nosotros te lo daremos”. “Querría tener buena vista” dijo el hombre. “Pues tendrás la mía” le respondió el búho. “Quisiera ser muy fuerte” dijo el hombre, y el jaguar le contestó “Serás tan fuerte como yo”. Así, todos los animales del bosque le fueron dando al hombre todo lo que podían hasta satisfacer todos sus deseos. Cuando acabaron, el hombre se marchó.

“Ahora el hombre ya tiene todo lo que deseaba” dijo el jaguar “ya no estará triste nunca más”. “Te equivocas” respondió el búho. “He visto un agujero en el hombre, y es tan profundo que jamás conseguirá llenarlo: es eso lo que le hace infeliz.“

Por la mañana de un miércoles cualquiera de 1986, yo estaría sentado en un pupitre doble del aula de parbulario. Ya casi no recuerdo como era ni recuerdo tampoco quién se sentaba conmigo. En realidad, lo único que recuerdo eran el tacto y el olor de las ceras de colores. La sensación de destrozarlas contra el folio en blanco. Manchas salvajes de colores, líneas curvas y rectas, donde antes no había nada.

En clase, la maestra nos mandaba dibujar a nuestra familia o nuestra habitación, nos pedía que dibujáramos algo que hubiéramos hecho el fin de semana o en las pasadas vacaciones. Creo que todavía debo conservar alguno de aquellos dibujos por alguna parte. Aquella mañana de miércoles, sin embargo, la maestra tenía una recomendación mucho más enigmática: el tema era libre, podíamos dibujar lo que quisiéramos. La clase parecía contenta.

A mi alrededor, mis compañeros empezaban a estrellar sus ceras contra los folios. Unas líneas primero, para definir los contornos. Después los colores de relleno y algo de fondo. Quizá incluso algo de perspectiva. Después de unos minutos ya podía reconocer lo que estaban dibujando algunos. Mi compañero de pupitre dibujaba un coche. El de delante hacía algo parecido a un perro. Ante mi, sin embargo, se imponía el inmenso precipicio del folio. Yo, que siempre había procurado acatar el tema propuesto, ajustarme a la pauta, no salirme de los bordes, me enfrentaba ahora a la incertidumbre. ¿Qué dibujar?

Pasaron los minutos y las ideas hervían en mi cabeza. Quise pintar un tanque, una casa, un caballo, un paisaje montañoso, un platillo volador, pero estaba paralizado por la inseguridad. ¿Qué hacer? Al fin y al cabo estaba libre del yugo del encargo. Libre para hacer lo que quisiera. No tenía que limitarme a los manidos clichés de siempre. Nada de familia ni de vacaciones. Ya no era un esclavo y podía dibujar lo que quisiera. Lo que siempre hubiera querido dibujar, podía hacerlo ahora. Un dragón de varias cabezas, un castillo o un barco. Tenía cientos de ideas brillantes, pero ¿cuál de ellas escogería?

Acerqué la cera al folio sin saber bien por dónde empezar. Comencé a trazar una línea horizontal de lado a lado, luego una línea curva. Luego me detuve a mirar. No tenía ni idea de qué estaba haciendo. ¿Qué diablos era aquello? Los minutos pasaban y ya no sólo me enfrentaba a la incertidumbre, sino también al tiempo, y por lo tanto al miedo.

Confiaba en que aquellas líneas abstractas, fruto del azar, me dictaran alguna norma, pero aquellos garabatos no dictaban nada. Aquello no se parecía a nada conocido. Hice otra raya más, que con la anterior podían parecer la silueta de un hombre. Traté de terminar la figura como pude. Era un hombre caminando. Bueno, más o menos. Luego dibujé un sol con una sonrisa y unas nubes para completar un poco el asunto. Apenas pude terminar, porque me había pasado toda la hora en blanco. Mi dibujo era sin duda el peor de todos.

La profesora se acercó con mi trabajo en la mano. Me preguntó qué era. Me preguntó porqué lo había dibujado. Yo era un manojo de nervios. Empezó a dolerme la barriga. No sólo había tenido que resolver aquella papeleta sino que ahora encima tenía que justificarla. Mierda. Le dije que no sabía. Me preguntó si estaba contento con mi dibujo. Joder, yo sabía de sobra que no era lo mejor de mi mismo, pero ¿qué quería que hiciera con tan pocas directrices? Me había obligado a saltar al vacío, sin red, y bastante era ya con que hubiera conseguido terminar algo como para exigir que fuera consistente. Me eché a llorar y le dije a la profesora que qué quería que hiciera, si no me había dicho qué tenía que dibujar, que me había pasado toda la hora pensando qué hacer y que luego no me había dado tiempo a hacer nada decente.

Por la tarde, al salir del colegio, fui con mi padre a la explanada que hay al lado del puerto. Habían instalado allí el Gran Circo Italiano. Fuera de las carpas se podían ver todo tipo de animales. Unas llamas, un elefante y hasta una cebra. Aquello era una pasada. Me hice una foto encima del elefante y otra sujetando a un chimpancé. Mi padre me acercó a una especie de atracción en la que unos ponis giraban atados a una noria. Me subió a uno de los ponis y me agarré fuerte de las crines. Aquel bicho estaba caliente y olía mal. En realidad no era como yo me esperaba. Aquello no tenía nada de la gracilidad de un corcel. Era rechoncho y pestilente. Un gitano con dientes de oro se colocó de pié a mi lado y me sujetó de la cintura. Olía aún peor que el caballo. El animal empezó a moverse con torpeza, arrastrando los cascos cansadamente sobre el barro. Pasó un rato y después el gitano me bajó. Mi padre me preguntó si me había gustado y yo le dije que mucho, pero en realidad me había decepcionado.

Entramos a la carpa y vimos el espectáculo del Gran Circo Italiano con sus tres pistas. Los payasos, los malabaristas, los domadores y toda ese rollo. Cuando terminó ya era de noche. Al acercarnos a la salida vi cómo el gitano desenganchaba a los ponis y los iba metiendo en un redil. Allí dentro, ya sueltos, los ponis empezaron a colocarse uno detrás de otro y continuaron caminando en círculos.

No es fácil enfrentarse con el vértigo al vacío, amiguitos, pero peor es caminar en círculos.

domingo, 4 de octubre de 2009

Luis Felipe

Era una verbena de pueblo, al estilo clásico, con un sólo fulano sobre el escenario. Se bastaba sólo para animar todo el cotarro, con un tecladillo y un micrófono, cantando canciones populares que casi nadie conocía. Ritmos charangueros, a veces tropicales, reducidos a la esencia de una melodía electrónica, como una sintonía de teléfono móvil. Aún así la gente bailaba. Los que más bebían eran los que más bailaban. Algunos hasta hacían la conga en círculos, alrededor de la plaza. Algunas extranjeras sonrosadas reían grotescamente y saltaban, haciendo botar sus enormes tetas en las caras de algunos babosos locales que intentaban seducirlas, o al menos aprovecharse de su ebriedad para frotarse contra ellas, como un oso que se rasca contra un árbol.

El tipo estaba en la barra, con un codo apoyado sobre la chapa metálica. Ya lo había visto antes, al acercarme a pedir un mojito. Parecía un pobre diablo, bajito y oscuro, consumido, con la cara comprimida, concentrada en un sólo punto, y con la boca llena de dientes desordenados. Ni siquiera hizo falta mirarle para que el tipo empezara a hablar.

¿italiano? ¿español? Me caen bien los españoles. Conozco bien la ciudad, si necesitas ayuda no tienes más que pedirla. Si quieres yo puedo ayudarte. ¿Donde vas a ir cuando termine esta fiesta? Yo intentaba evitar sus preguntas, respondiendo a todo que no sabía. El tipo, desde luego, no estaba de malas, pero tanta amabilidad olía a chamusquina viniendo del trigo menos limpio del lugar. Aún así, no entendía cual podía ser su interés en mí. Desde luego, debía estar ciego si pensaba que tenía algún billete en los bolsillos y me extrañaba la posibilidad de que sólo quisiera conversación.

Conozco los mejores locales: el jamaica, el Kremlin, el DeLuxe... tienes que ir a ese, es la hostia, está lleno de mujeres. A mi me encantan las mujeres. Yo soy de aquí, aunque acabo de llegar de Colombia... estuve allí viviendo trece años... Aquello si que era vida. Dinero, mujeres... ya sabes. La vida merece la pena cuando uno tiene dinero... sin pasta, la vida no vale nada. En Colombia yo era un tipo importante, tenía un montón de negras con las que follaba todo el tiempo. Estaban buenísimas.

El tipo hablaba y hablaba. No hacía falta animarle. Mientras hablaba intentaba contarle los dientes: había docenas dentro de aquella boca. Algunos se asomaban, otros, más tímidos, se metían hacia dentro. La mayoría estaban corroídos como si hubiera hecho gárgaras con ácido sulfúrico.

Si, si, tengo tres hijos. Bueno, dos de Colombia y uno de una mujer anterior que tuve aquí. Todavía me llevo bien con ella, pero claro, hacía muchos años que no la veía.

Hablaba de sus hijos como si realmente les quisiera, pero sonaba a mentira. No es que me deje llevar por los prejuicios, en serio. Si vosotros le hubierais visto, jamás diríais que ese tipo pudiera querer a un niño. Si acaso violarlo o robarle, pero no quererle. Quizá criarlos para luego vender sus órganos en el mercado negro. Quien sabe. Aún así, no dudo de que los quisiera, a su manera. Al fin y al cabo les mandaba dinero de vez en cuando. Un padrazo.

Tengo incluso dos nietos. ¿En serio? Si, si: uno ya tiene tres años. Joder, no me daban las cuentas: el tipo no parecía pasar de los cuarenta. ¿En serio? De verdad: dos nietos, hijos de mi hijo mayor... lo tuve muy jóven, con 16, y ahora él tiene 25 y acaba de tener a su segundo hijo. Desde luego, cuarenta años podían dar para vivir muchas cosas. El tipo se había dado mucha prisa.

¿Pero porqué un tipo así podía ser tan importante en Colombia? ¿En qué cojones trabajaba? ¿Trabajo? Jajaja. No, no, yo nunca he trabajado: me dedicaba al tráfico de drogas. Si quieres farlopa, yo puedo conseguirte la mejor. No gracias. También puedo conseguirte hachís si quieres. No gracias. Sólo tengo que llamar a mi primo, que está en las escaleras de ahí abajo. Venga, dame cinco euros y vuelvo ahora mismo. Nos lo fumamos a medias y nos vamos a tomar algo. No te estoy engañando, en serio. Bueno, cinco euros es todo lo que tengo...

Evidentemente, cuando mencionó el dinero, supuse que ese debía ser su interés. Aún así, cinco euros era un precio barato por quitármelo de encima. El tipo quería dejar claras sus buenas intenciones así que insistió en que me quedara su móvil como señal. Volveré enseguida. Era uno de esos móviles modernos con pantalla táctil, que valía bastante más de cinco euros. Aquello no tenía sentido. Si aquello era un timo, estaba ante el timador más estúpido de la región.

El tipo se perdió entre la gente. Tardó más de un cuarto de hora, pero volvió. Se acercó a mi, que le esperaba en la misma barra, pero aún más borracho que cuando me dejó. Al acercarse a mi, un tipo negro, probablemente un inmigrante caboverdiano, le interrumpió y se apartaron un metro. Cruzaron unas palabras. Él puso mala cara. De vez en cuando los dos se giraban y me miraban. Evidentemente hablaban de mí ¿De qué cojones iba todo aquello? ¿Estaba peligrando mi culo o es que tenía el sistema de alarma demasiado sensible? Tuvieron un pequeño forcejeo y él puso una mueca de asco. Se acercó de nuevo y me agarró del brazo. Tenemos que irnos de aquí, ya sabes: es negro... Al decir esta última frase, se aseguró de que nuestro vecino la escuchaba bien. Se miraron a los ojos mientras me arrastraba hasta el otro lado.

Le devolví el móvil y me enseño el hachís: una pieza raquítica que apenas valía para hacer cuatro porros. Arrancó la mitad de un mordisco. Al acercarla a la boca proyectó los dientes hacia fuera, como un monstruo de una película de ciencia-ficción. Empezó a quemar la china hasta que se ennegreció en su mano, despidiendo un olor nauseabundo, mezcla de petróleo y de amoniaco. Utilizó uno de esos papeles gruesos, como los que se usan para escribir. Envolvió el tabaco torpemente y le acercó la llama del mechero. Empezó a brotar de él un humo negro y espeso. Fumó dos caladas que redujeron el porro a menos de la mitad. Yo, mientras, le miraba en silencio.

En Colombia estuve preso mucho tiempo. Me condenaron a quince años por narcotráfico, pero sólo cumplí siete. La cárcel no es un sitio bonito, y menos en Colombia. Allí matan a la gente. Yo mismo lo vi, con mis propios ojos. Vi como degollaban a compañeros míos. A veces sin razón, simplemente los degollaban. Aquellos negros hijos de puta eran como salvajes. Te lo juro, lo vi con mis propios ojos: el cuerpo por un lado y la cabeza por el otro. Gente que conocía. Todas las noches me dormía pensando "me van a matar. Estos hijos de puta me van a acabar matando". Lo pensaba todo el tiempo. Pero eso ya pasó. Salí de allí hace un mes y ahora estoy aquí. No es momento de acordarse de aquello: ahora hay que recuperar el tiempo y divertirse. En realidad no me arrepiento: sabía que iban a acabar cogiéndome, pero en aquel momento pensé que merecía la pena. Lo pasé bien, pero la cárcel es muy dura... muy dura. En serio, no sabes lo que es aquello. Pero ahora ya pasó. Ahora hay que celebrarlo. ¿Quieres que vayamos a tomar una copa? Yo te invito.