domingo, 31 de octubre de 2010

LIMPIAR A UN MUERTO.


Ahora no es más que una anécdota graciosa para contar en un bar, pero os aseguro que cuando sucedió no tuvo ninguna gracia. Fue en agosto del 83, y si recuerdo tan bien la fecha es porque fue uno de los veranos más calurosos que se recuerdan. Los viejos se morían en sus casas sin aire acondicionado y la ciudad entera apestaba a podredumbre. Los higos fermentaban bajo las higueras y se maceraban al sol, impregnándolo todo con un hedor dulce a fruta madura y caliente que daba náuseas e invocaba a todos los insectos de la comarca. Las aceras parecían untadas de mermelada de higo que se pegaba a la suela de los zapatos. Era asqueroso.
Yo debía de llevar un par de meses trabajando en la funeraria cuando nos llamaron para un trabajo de rutina: había que ir a recoger un cadáver a una casa del casco viejo y llevarlo al tanatorio. Nada que no hubiéramos hecho antes. Pan comido.
Por aquel entonces, la zona vieja era un lugar impracticable que nada tiene que ver con la amable zona turística en la que se ha convertido ahora. Lo que ahora es encanto, entonces era suciedad. Lo que ahora es exótico antes era peligroso. En aquella época, la mitad de las casas de la zona vieja estaban desahuciadas y la otra mitad la habitaban yonkis, putas y ancianos, así que pasear por allí era bastante parecido a una película de zombies.
Llegamos a una de esas calles angostas que huelen a orín. Nos bajamos del reluciente coche de empresa, con nuestros trajes elegantes, de riguroso luto, con gafas de sol y perfectamente afeitados. A pocos metros, una docena de quinquis nos miraba fijamente y tomaba buena nota de nuestra presencia. Imagino que si no nos atracaron fue porque no creían que existieran dos tipos tan tontos como para meterse en el barrio en un cochazo y así vestidos, y les cuadraba más que fuéramos dos narcos que iban a cerrar un negocio o dos asesinos a sueldo a punto de apiolar a un chivato.
La dirección que nos indicaron se correspondía con una puerta oxidada que parecía no haberse abierto en décadas, pero que se abrió sin esfuerzo al empujarla. Nos adentramos en las oscuras entrañas del edificio y subimos por una estrecha escalera de madera, que parecía tan peligrosa como antigua y que se quejaba con chirridos cada vez que la pisabas, como si los escalones fueran a desmoronarse conforme los ibas pisando. Era un quinto piso, y si conocéis la zona vieja no necesitaréis que os diga que en aquel lugar un ascensor es tan extraño como un acelerador de partículas.
Nos abrió una viuda anciana y encogida que nos metió a empujones en su oscura ratonera mientras sollozaba algo incomprensible. Mi compañero y yo tuvimos que agacharnos para poder entrar y la casa entera parecía menguar a medida que avanzábamos. Todo el lugar apestaba como un desván cerrado, como si en el aire estancado ya no quedase nada de oxígeno, después de tanto tiempo de haber sido respirado una y otra vez, una y otra vez. Podías sentir que ese mismo aire que inhalabas había estado antes dentro del cuerpo de la vieja y del de su difunto marido, y por mucho que respiraras tenías la sensación de ahogarte.
La habitación del muerto estaba al fondo. Por aquel entonces yo todavía no lo sabía pero, al parecer, cuando el enfermo ha estado tomando una medicación muy fuerte, algunas sustancias químicas pueden causar estragos en su organismo y en ocasiones, al morir, esas sustancias reaccionan acelerando la descomposición de los tejidos: el calor puede hacerlas fermentar en el interior del cuerpo, corroyendo los órganos internos hasta disolverlos por completo. Nuestro amigo debía de haber recibido la dosis más alta, porque su cuerpo entero se había hinchado como un pastel en el horno. ¿Os acordáis de lo que ocurría en aquellas películas de serie B cuando a un astronauta se le rompía el casco? Pues así tenía la cara nuestro amigo. Era lunes y nadie había podido recoger el cadáver desde el sábado, así que ya debía llevar casi cincuenta horas macerando. Debajo de una espesa manta, a cuarenta grados de temperatura, el colega se había estado cociendo lentamente en su jugo.
Lo agarramos por la cabeza y por los pies, y al pasar su cuerpo a la camilla, toda la masa se comportó como lo hubiera hecho una enorme bolsa de agua caliente. Cuando le amarramos las cinchas para agarrarlo tuvimos cuidado de no apretar mucho por miedo a que reventase por algún lado. Era como apretar una cuerda alrededor de un globo. Lo sacamos de la casa como pudimos y empezamos a bajarlo por las escaleras. Yo me coloqué delante para poder guiar, y con lo inclinada que estaba la condenada escalera, teníamos que llevar la camilla prácticamente en vertical.
Conseguimos librar los primeros tramos, pero conforme bajábamos, comprobábamos que la escalera se iba haciendo cada vez más estrecha. Os parecerá que exagero, pero en serio, comprobadlo vosotros mismos: en los edificios antiguos, la escalera se va estrechando cada vez más, como si fuera un enorme embudo. Cada vez era más difícil girar la camilla al cambiar de tramo y cada vez teníamos que inclinarla más. A la altura del tercero tuvimos que poner la camilla completamente de pie para poder girarla. En el momento más delicado, cuando pasábamos sobre la barandilla, el cuerpo se resbaló por debajo de las cinchas y el muerto se cayó de golpe sobre mí, tirándome escaleras abajo. Al instante se escuchó un ruido sordo, como si alguien hubiera reventado de golpe un envoltorio de burbujas, pero antes de que terminara de sonar se escuchó otro ruido todavía más desconcertante. Un sonido líquido, como si alguien hubiera arrojado un cubo de agua escaleras abajo.
El muerto había explotado sobre las escaleras, sobre las paredes y sobre mí. Había explotado sobre el jodido techo y goteaba por los escalones hasta llegar al portal. Todo el cuerpo se había deshecho en aquella catarata macabra. Me miré y después miré a mi compañero. Los dos estábamos completamente cubiertos de muerto. Él se puso a vomitar y yo de pronto tuve un ataque de pánico por la posibilidad de que algún vecino entrase en el portal en ese momento y viera todo aquel desastre, así que subí corriendo los escalones mientras pensaba qué diablos decirle a la viuda. ¿Qué se le dice a una anciana cuando uno acaba de destrozar el cadáver de su marido? Golpeé la puerta y escuché sus pies arrastrándose por el pasillo. Me pasé la mano por la cara para quitarme de encima aquel líquido pegajoso, como si aquello pudiera mejorar en algo mi aspecto. Escuché el chirrido del pasador al abrirse y vi la expresión de la vieja al mirarme. “Disculpe señora, ¿podría usted dejarme una fregona?”

martes, 12 de octubre de 2010

12-S

Me pasé muchos meses estudiando aquellas torres. Lo sabía todo de ellas. Sabía más incluso que los propios arquitectos. Sabía, por ejemplo, que estaban diseñadas para absorber el impacto de un avión comercial, pero que los estudios no habían tenido en cuenta que los aviones van cargados de combustible. Un avión comercial tiene capacidad para más de 20.000 litros de queroseno, y el queroseno tiene una temperatura de combustión de más de 800ºC, lo que provocaría que las gruesas vigas de acero de la estructura central de los edificios se fueran derritiendo poco a poco. Se caerían, si. Vaya si se caerían.

En realidad, el plan era genialmente sencillo: sólo había que subirse a un avión, secuestrarlo y tomar los mandos, cambiar el rumbo y estrellarse en medio del edificio. No había que colarse dentro vestido de empleado de la limpieza, ni falsificar ninguna identificación. Tampoco había que construir ninguna bomba. Era tan simple que ni siquiera se les había ocurrido. Un golpe gigante, tan bestial que era imposible de evitar. Así, a saco. De cabeza contra el corazón del Imperio.

Lo tenía todo pensado, hasta el más mínimo detalle. Los horarios de las compañías, el número de azafatas, los mecanismos de seguridad del avión. Todo estaba preparado para el día 12 de Septiembre. Ese día ardería el cielo. ¿Cómo creéis que me sentí al día anterior, cuando lo vi todo en la televisión? Esos hijos de puta se me habían adelantado.

P.D.: Dedicado a todas aquellas personas a las que alguna vez les han robado una idea, fuera buena o mala.

martes, 5 de octubre de 2010

EL CUMPLEAÑOS

La chica había mencionado al entrar algo acerca de un cumpleaños al día siguiente. “Genial -pensé yo, tratando de no hacer ruido en el pasillo a oscuras- mañana lo celebraremos” y creo que justo después tiré alguna cosa de alguna estantería, de camino a su cuarto. Haciendo repaso, si que me parece recordar que escuché algún ruido sospechoso por la mañana, quizá la sensación de que alguien se levantara de la cama y la luz del sol colándose entre las rendijas de la persiana. Quizá recuerdo haberme dado cuenta de que ya no estaba abrazado a nadie, y quizá algún murmullo sordo en el salón, pero lo que definitivamente me hizo recobrar la consciencia fue la voz estridente de una niña pequeña, que gritaba justo a mi lado “Mamá, aquí hay un señor en el suelo!”.

La chica ya no estaba en la habitación, yo me había caído de la cama y efectivamente estaba en el suelo, envuelto en el edredón, y de pronto entendí la razón de aquel intenso murmullo que había estado sonando todo el rato en mi cabeza: al otro lado de la puerta se escuchaban las voces de cientos, quizás miles de niños pequeños. Niños de afilados incisivos, soplando sus matasuegras y cantando cumpleaños feliz.

Yo no llevaba puestos los pantalones, así que decidí no reaccionar a la voz de la niña. Permanecí agazapado debajo del edredón, temiendo por mi vida unos segundos que parecieron horas. Al otro lado de la espesa capa de plumas del edredón podía sentir la mirada láser de la niña, perforando cada átomo, examinándome en busca de algún movimiento que me delatara. Unos tacones de mujer entraron en la habitación y respondieron a la niña con una voz desconocida, “ese es Moncho. Déjale dormir”, y mientras tanto la arrastraba del brazo hacia el salón, y lo más sorprendente para mi no fue que la madre supiera mi nombre, sino que diese por supuesto que aquel único dato bastaba para explicarle a una niña de seis años porqué había un hombre aparentemente muerto en el suelo de la habitación, al mediodía, durante su fiesta de cumpleaños.

lunes, 4 de octubre de 2010

NUESTRAS PROMESAS SON REALIDADES

Pasaba por allí cada día para coger el autobús del colegio, así que mi infancia fue una obra permanente. En tercero me enganché la cazadora nueva en una de las vallas de aluminio y rasgué la manga, así que me tiré todo el curso con un parche remendado sobre el codo que rezaba algo sobre el ski. Winter Sports o algo así. Huelga decir que yo no he hecho ski en mi vida.

En invierno, el suelo de tierra de la obra se convertía en un pantano, plagado de pequeñas lagunas en la arena, un ecosistema de marismas en el que evolucionaban las grúas y las excavadoras y que cambiaba tanto de un día al siguiente que cada vez que pasabas por allí tenías que reinventar de nuevo el camino.

La obra continuó paralizada hasta que cumplí los 18. Hasta hace bien poco, sobre una pequeña colina de arena aún se alzaba majestuoso un viejo cartel metálico, raído y oxidado, con una de aquellas fotos que no parecían fotos del todo, porque eran simulaciones de ordenador, en las que anunciaban como quedaría la zona después de la reforma. En ella podían verse elegantes edificios y zonas ajardinadas, y había un mercedes aparcado y una mujer cruzaba empujando un carrito de bebé. Bajo la fotografía todavía podía leerse un lema tan rotundo como irónico: "nuestras promesas son realidades".

Hoy han derribado las casas abandonadas donde me paraba a mear, y han quitado la escalera llena de musgo por la que subía arriesgando el pellejo, y el banco del lateral en el que una vez besé a una chica, y el soportal oxidado en el que una vez me atracó un yonki, y pronto quitarán el esqueleto gigantesco de la vieja fábrica y pondrán un bonito parque y edificios nuevos, como habían prometido, con la piedra lavada y el acceso amable y quitarán toda aquella mierda y reformarán la zona. Ahora, aquel lugar infecto estará mucho mejor.

¿Cómo voy a explicarles esta nostalgia absurda que me hace pensar que me han jodido mi lugar infecto, que me han robado el musgo y que me cago en todos los cambios? A medida que el mundo se desmorona van construyendo otro nuevo, y es ese que veías en aquellas fotos que no parecían fotos del todo, porque eran simulaciones de ordenador. Al final sus promesas eran más bien amenazas, y ahora, al mirar, parece que estás dentro de aquella simulación del cartel, y te entran escalofríos al ver lo jodidamente igual que les ha quedado todo.