martes, 21 de marzo de 2017

QUERIDA OLAIA

Te debo desde hace tiempo un relato que nunca llegué a escribir, pero que me ronda en la cabeza desde que nos conocimos. Es un relato hermoso y triste, y es posible que por eso no me haya atrevido nunca a ponerlo en el papel. Es un relato sobre almas perdidas en viejos hoteles, sobre destellos de luz en la penumbra, sobre olvidos y recuerdos. Porque lo cierto es que aún recuerdo perfectamente el día en que nos conocimos, Olaia, lo recuerdo bajo un tamiz de niebla y polvo, pero sobretodo recuerdo un detalle absurdo y efímero que, sin embargo, se ha quedado esculpido para siempre en mi memoria: tú tropezaste torpemente, tirando la comida al suelo, y en tu rostro se escribió una graciosa expresión de vergüenza que hizo traslucir por un instante el rostro de la niña que habías sido hacía no mucho tiempo. Después nos reímos y nos comimos la comida del suelo, y miramos al cielo de noche, y tú sonreíste y te apartaste de la cara tu larga melena cobriza y dejaste entrever tus ojos de color verde claro, y aquella noche dejamos inscritos nuestros nombres en la barandilla de madera que baja al puerto, y nos perdimos por los callejones, y no quisimos saber dónde estábamos hasta que volvió a salir el sol. Hoy he pasado por allí y he vuelto a ver en la barandilla la vieja inscripción erosionada por el tiempo: Moncho y Raquel, 7-12-09, ya comida por el viento y por los días, borrosa y confusa, como el recuerdo del día en que nos conocimos.

domingo, 21 de octubre de 2012

POR QUÉ RAJOY NO USA CALZONCILLOS


El camarero ya estaba recogiendo los platos y los invitados estaban brindando con los chupitos. Algunos se habían lanzado a contar chistes, con la osadía que dan los licores. Un tipo al que nadie conocía se reía sonoramente, haciendo grandes aspavientos al final de cada chiste, aunque fuera muy malo, e incluso se lanzó a aplaudir después de alguno, con palmadas estridentes que molestaron a los comensales de las otras mesas. A medida que los chistes cobraban protagonismo, más se crecía el hombre, y de tanto reirse estaba recorriendo toda la gama de colores, del rosa al rojo y de allí al escarlata, en un imparable ascenso hacia el púrpura. Cuanta más gracia le hacían los chistes, más exhibía su risa y más se le hinchaban las venas del cuello.
Después de una de estas carcajadas abrumadoras, se levantó de la silla y carraspeó con solemnidad, gritando "¡Espera, espera! Tengo uno buenísimo! Escuchad este!" y ante tal espectación, todas las cabezas del comedor se giraron hacia él. Dejó pasar un segundo ceremonial antes de decir "¿A que no sabéis por qué Rajoy no usa calzoncillos?" casi sin aguantar la risa, y en ese mismo instante se agarró el pecho y cayó fulminado sobre la tarta de queso con arándanos.
Intentamos ayudarle. Le abrimos la chaqueta y le desaflojamos la corbata. Yo incluso intenté practicarle un masaje cardiaco, pero no hubo manera: para cuando la ambulancia se lo llevó de allí todos teníamos claro que jamás sabríamos por qué Rajoy no usa calzoncillos.

martes, 3 de enero de 2012

CUENTO DE REYES

La policía le detuvo justo a tiempo. Estaba fuera de sus cabales, en medio del salón, sujetando al pobre crío por el cuello del pijama.

"Escúchame bien, pequeño cabrón: Baltasar, Melchor y yo tuvimos que cruzar todo el puto desierto con esas barbas postizas, a cuarenta jodidos grados, cubiertos con capas de felpa, cargados con esos sacos enormes llenos de regalos que os podríais haber comprado vosotros mismos. ¿Alguna vez has montado en camello? porque el hijoputa es incómodo. Las vértebras se te clavan en el culo hasta que se te duermen las nalgas y al cabo de dos días ni siquiera puedes ponerte recto. ¿Sabes qué distancia hay de aquí a oriente, cabrón? ¡Tuvimos que salir de allí en octubre! Así que déjame decirte algo, imbécil: no quiero volver a oír esa mierda de que los reyes magos son los padres."

miércoles, 14 de diciembre de 2011

EL POLO SUR

"Hace tiempo que no escribes", me reprocha. Desde el lugar en el que escribo la comunicación es complicada. No es tan sencillo, querida. No sé siquiera qué escribir, estoy agotado.

Y cuando no sé qué escribir soy peligroso, porque escribo lo primero que me viene a la cabeza. Y ahora, lo primero que me viene a la cabeza es el aula de tercero de básica de mi colegio. Allí había una bola del mundo enorme y polvorienta que chirriaba cuando la hacías girar y un viejo mapamundi amarillento que ocupaba toda la pared. Allí me enseñaron toda ese rollo de los países y las capitales. Suerte que nunca llegué a aprendérmelos bien, porque ahora han cambiado la mayoría. Ni Unión Soviética, ni Yugoslavia, ni las putas Alemania Federal y Democrática.

Como aquella mierda, cuando cambiaron el padrenuestro. Lo cambiaron justo cuando me tocaba hacer la comunión, tócate los cojones. Me lo aprendí de memoria, como un imbécil, y luego el profesor de religión nos dijo que lo habían cambiado. ¿Cómo coño pueden cambiarlo? ¿Eso no está escrito en la Biblia desde hace un millón de años? ¿Cómo pueden cambiar esa mierda ahora?

Los ríos de Europa no han cambiado, que yo sepa, pero tampoco llegué a aprendérmelos nunca. Ni los ríos ni las provincias de España. Las putas provincias de España ¿estás de coña? Parece que estés estudiando para el servicio de Correos o algo así.

Pero un día me explicaron lo de los polos de la Tierra, y eso sí que se me quedó grabado. Resulta que el planeta gira a toda hostia alrededor del Sol, pero también gira a toda hostia sobre su propio eje, como los chutes con efecto de Oliver y Benji.

Resulta que todos estamos girando a toda hostia por el espacio, pero no nos enteramos de nada. Y cuando digo a toda hostia digo a más de cien mil kilómetros por hora. A toda hostia. Mientras estás sentado en el pupitre, escuchando cómo el profesor te revela este misterio incomprensible, tu pupitre viaja disparado a más de cien mil kilómetros por hora, pero tú no te despeinas, tú no notas nada.

El eje de la Tierra pasa por los polos, el norte y el sur. El polo sur está en la Antártida, en medio de la jodida nada. Abajo del todo. Si vas allí y te colocas justo en ese punto, resulta que estás boca abajo girando a toda hostia sobre tu propio eje, como una puta peonza. Pero tú no te enteras de nada. No es que te marees ni sientas nada especial. No percibes nada de toda esa mierda cósmica. Tú no te enteras de nada.

Pero el caso es que sólo puede haber una persona colocada exactamente en esas coordenadas, y eres tú. Estás más al sur que nadie en todo el jodido planeta. Lo más abajo posible. Y camines hacia donde camines, te estarás moviendo hacia el norte.

Pues es desde ahí desde donde escribo, amiguitos. Estoy más abajo que nadie, pero me da igual, porque sé que camine hacia donde camine, sólo puedo ir hacia arriba.

martes, 11 de octubre de 2011

JOSÉ RAMÓN

Yo nací sin nombre. Nací dos veces.

Por aquel entonces, en mi pueblo, tan lejos de los hospitales, era habitual que los niños muriesen al nacer, por eso prefirieron no pensar mi nombre durante la gestación, para no hacerse ilusiones, no fuera a ser que muriese. Mi madre me parió sola sobre un colchón infecto. Mi padre estaba en la mar, en otro planeta, y yo sobrevine dos meses antes de lo previsto, una tarde de Julio, mientras mi madre tendía las sábanas al sol. Tuvo suerte de llegar hasta la cama. Tuvimos suerte. Me parió allí, sin que nadie la ayudase.

Por eso en mi DNI figura una fecha de nacimiento falsa, el 5 de Agosto, un mes después de la real, cuando mi padre por fin regresó a casa y me inscribió en el registro, aunque durante mucho tiempo pensaba que ese era mi cumpleaños de verdad, y ese era el día de la tarta y las serpentinas. Y por eso en mi DNI figura también un nombre falso, José Ramón, que es el nombre de un muerto.

Diez años después de aquella tarde de Julio, después de una cena de Navidad, escuché una conversación entre mi tía y mi madre y por ella supe que mi madre había estado embarazada un año antes de que yo naciera, pero el niño murió en el parto. Mi madre lo tenía todo preparado para la llegada de su primerizo, que sin duda se llamaría Jose Ramón, como ella había soñado, y crecería y sería guapo y listo y cuando le preguntasen cómo se llamaba, él diría José Ramón.

Calcetó patucos y gorritos, tejió baberos con su nombre, cosió mantitas y gorros. Se imaginaba ya cambiándole la ropita a su retoño, envuelto en paños sin mácula. Los médicos corroboraban la salud de la criatura durante la gestación y le auguraban un futuro saludable. Mi madre salió de cuentas a los nueve meses, el 5 de Agosto, como los médicos habían pronosticado, y mi padre le pidió el coche a un vecino para llevarla al hospital.

José Ramón murió antes de salir del vientre. Mi madre se derrumbó y tuvo que hacer frente a una cuna vacía y una casa llena de ropa para bebé. Lloró sus penas más tristes durante todo el otoño, la melancolía empañó los cristales y hasta las sábanas tendidas al sol parecían salpicar el suelo de lágrimas.

Cinco meses después se quedó embarazada de nuevo, por accidente. Los médicos le advirtieron que no era el mejor momento, tras un aborto natural, y pensaron en detenerlo a tiempo. No era cabal poner su vida en aquel trance por un feto mal engendrado. Mi salud era delicada y era mejor no hacerse ilusiones. Por eso mi madre no pensó un nombre para mí. Por eso no se imaginó cambiándome la ropita. Por eso no preparó paños sin mácula.

Después, cuando nací, mi madre me vistió con la ropa de José Ramón, con su nombre bordado, sin estrenar. Usé su babero y su biberón, su sonajero y su chupete. Por eso decidió llamarme José Ramón. Para aprovechar los baberos. Por eso creo haber muerto antes de nacer. Por eso pienso que nací dos veces. O que se confundió el primer José Ramón con el segundo. O qué se yo.

Pienso que si José Ramón hubiera sobrevivido, yo no habría nacido y su vida hubiera sido exacta a la mía, y entonces yo habría sido él, pero con un año más.

Pienso que si José Ramón era otro José Ramón y no yo, entonces era mi hermano, y entonces tengo un hermano muerto, pero es extraño pensar esto, porque José Ramón nunca pudo llegar a ser mi hermano, y de hecho, si hubiera vivido lo suficiente, entonces sería yo el que no hubiera nacido.

O al menos, si yo también hubiera nacido, ya no me habrían llamado José Ramón y mis baberos tendrían otro nombre bordado, porque José Ramón estaría usando los suyos. Entonces él ya no sería el hermano de José Ramón, porque José Ramón sería él.

Todo esto y muchas más cosas pienso cuando pienso en José Ramón, que soy yo.

Soy un suplente. No debería estar aquí ni llamarme como me llamo. Soy un estafador que vive la vida de otro, que viste su ropa, que lleva su nombre, que llama “mamá” a su madre. Pero a una madre no se la puede engañar, una madre reconoce a su hijo, y por eso cada año, cuando llega el 5 de Julio, mi madre ignora la fecha de mi cumpleaños y espera hasta el 5 de Agosto para celebrarlo, y me prepara una tarta, y escribe en ella mi nombre con nata. José Ramón.

viernes, 23 de septiembre de 2011

TE HE DICHO QUE NO

Te he dicho que no, que esto no va a durar para siempre. Que te olvidarás de todo, y yo también me olvidaré. Los dos nos olvidaremos de todo, aunque ahora no puedas creerlo. Y aunque después queramos recordarlo, ya no sentiremos lo que sentimos ahora. Sí, vas a olvidarte de todo, aunque ahora te parezca imposible. Te olvidarás de la tarta y de la luz que entra por la ventana. Te olvidarás de la estufa y del paseo de vuelta a casa. Te olvidarás del olor de la ropa tendida y de la taza que tiene el asa rota y de aquella canción tan graciosa. Y yo también lo olvidaré. Lo olvidaremos todo.

Después de decir esto se giró y se perdió entre la gente. No he vuelto a escuchar su voz. Irónicamente, no hay día que no recuerde este momento.

miércoles, 24 de agosto de 2011

TODAVÍA TE RECUERDO

Todavía te recuerdo.
Me acuerdo de tu mirada.
Me acuerdo de cómo reías
y de cómo me besabas.
Nunca nadie deseó nada
como tú me deseabas,
ni nunca nadie amará
tanto como yo te amaba.
Quien puede arder por amor
también puede arder por rabia.
Al menos, antes de irme,
pude robarte unas bragas.